martes, 3 de enero de 2017

El viejo niño

Recuerdo esos días de mi niñez, cuando las fiestas de adultos eran el escenario de mis sueños insomnes. Era como si el mundo de los grandes, con sus charlas envolventes y risas profundas, fuera mi verdadero lugar. Me metía entre ellos, no por rebeldía ni por curiosidad, sino por una necesidad de sentirme parte de algo más grande. Los adultos, con sus conversaciones y gestos, me absorbían en un abrazo que, en mi pequeña cabeza, era tan reconfortante como un cuento de hadas.

Las luces tenues y el murmullo constante eran mi sinfonía, y yo me acomodaba en medio de ese concierto de vida. Cuando el sueño comenzaba a pesar en mis párpados y el cansancio me atrapaba, mi madre me preparaba un refugio en el suelo: dos sillas apiladas como cama improvisada, un suéter arrugado que hacía las veces de almohada y un chal que se convertía en mi cobija. En ese rincón de infancia, bajo la protección materna, el mundo de los adultos seguía girando a mi alrededor, y yo, a medio camino entre el sueño y la vigilia, me sentía como uno de ellos.

Siempre me he sentido más en sintonía con los viejos que con mis propios contemporáneos. Mientras mis amigos se aferraban a la efervescencia de la juventud, yo me encontraba en conversación con el tiempo, buscando en las arrugas y las historias de los mayores algo que resonara más fuerte en mí. Quizá, en mi esencia, nací con una vocación que no correspondía a mi edad. Me identificaba con los viejos de corazón, con su sabiduría y sus maneras pausadas. Me encontraba en una especie de anacronismo, viviendo como un hombre viejo atrapado en el cuerpo de un niño.

No era que desechara a mis compañeros de la infancia, sino que la conexión que sentía con la gente de edad avanzada era más profunda, más auténtica. Era como si, al mirarlos, viera un reflejo de mí mismo en un futuro que aún no había alcanzado. En sus historias y actitudes, encontraba un eco de mi propio ser, un sentimiento de pertenencia que nunca había logrado experimentar con mis pares.

Así, mientras las fiestas de adultos se desvanecen en el recuerdo y mi niñez queda atrás, la verdad sigue siendo clara: aunque mi cuerpo ha crecido y mi vida ha avanzado, el alma que lleva dentro sigue siendo un viejo niño, aferrado a los fragmentos de un pasado que nunca dejé del todo atrás. La identidad que forjé en aquellos días de sillas y suéteres sigue siendo mi guía, mi brújula en un mundo que, para mí, siempre ha tenido un poco más de arrugas y sabiduría de la que esperaba.