Llego a esta edad y hay cosas que pesan más de lo que solían. Me levanto en la mañana, los huesos crujen como si me quisieran recordar todos los días que han pasado. Cada grieta, cada dolor tiene su historia. Me paro frente al espejo, y ahí está ese rostro que me mira con el mismo escepticismo de siempre, pero con nuevas arrugas, con marcas que dicen que los días se han ido, uno tras otro, sin que nadie pregunte si estoy de acuerdo con todo esto.
A veces me siento como si estuviera hecho de recortes. De los sueños que perseguí y de los que dejé tirados en alguna parte, como botellas vacías en una noche larga. He amado, he tenido en los brazos todo lo que creí que era amor, pero luego me di cuenta de que hay cosas que simplemente no se pueden sostener para siempre. He perdido amigos, los he visto marcharse, desvanecerse en el aire como humo de cigarro. Algunos simplemente tomaron su camino; otros se hundieron en el tiempo, en sus propias derrotas.
He ganado algunas batallas, y he perdido otras tantas. Y, he aprendido a reírme de las cosas que me golpean, porque si no las miras a los ojos y te ríes, terminan por derrumbarte. Pero lo que nunca te dicen es que no importa cuánto aprendas, la vida sigue inventando nuevas formas de ponerte a prueba. Nuevas maneras de hacerte caer. Y ahí estás, sacudiéndote el polvo, levantándote otra vez, pensando que esta vez será diferente.
El mundo sigue girando más rápido de lo que puedo aguantar, y hay días en que me siento como un extraño entre la gente, como si perteneciera a otra época, a otra vida. Pero lo único que puedo hacer es seguir avanzando, con esta mezcla de cansancio y curiosidad que me empuja cada día. Todavía tengo la capacidad de abrir una cerveza, de mirar por la ventana y ver que el sol sigue saliendo, aunque nada tenga demasiado sentido.
Así que aquí estoy, no muerto, no sin sueños, solo con menos certezas y más cicatrices. Y aunque a veces siento que ya lo he visto todo, sé que siempre hay algo que puede sorprenderme, algo que me hace querer quedarme un día más en este maldito mundo.
Porque al final, todo lo que sé con certeza es que sigo aquí, jodidamente vivo, todavía buscando algo, aunque a veces ni siquiera sé qué es. Pero ese es el truco, ¿no? Saber que, pase lo que pase, todavía puedo reírme, golpear la mesa, llenar la copa y decir: "Aquí estoy. No me voy a ninguna parte".