miércoles, 10 de octubre de 2018

El Laberinto Compartido

Es curioso cómo dos personas, cargadas de sueños, se deciden a compartir sus vidas bajo un mismo techo, convencidas de que el amor será el motor que impulse todo. Creemos que el amor es suficiente, que puede derribar cualquier obstáculo, que suaviza las aristas y llena los vacíos. Nos vendieron esa idea desde siempre, y con ella nos lanzamos de cabeza, esperando que funcione. Pero la convivencia, esa cosa tan cotidiana y aparentemente sencilla, es un territorio complejo, lleno de trampas que no se ven a simple vista.

Al principio, todo es nuevo y emocionante. La idea de despertar cada día junto a esa persona que amas parece idílica. Compartir el café de la mañana, discutir sobre qué película ver por la noche, organizar las tareas de la casa como si fueran aventuras. Pero con el tiempo, lo que antes era un placer, comienza a volverse rutinario, y la rutina tiene la extraña habilidad de revelar lo que antes pasaba desapercibido.

Convives no solo con la persona que amas, sino también con sus manías, con sus defectos, con las sombras que arrastra desde antes de que ustedes fueran un “nosotros”. Y de repente, los pequeños detalles que antes te parecían encantadores se convierten en una fuente constante de fricción. La forma en que deja la toalla tirada, cómo no cierra bien la pasta de dientes, las horas que pasa en su mundo, que no es el tuyo. Son cosas pequeñas, casi insignificantes, pero con el tiempo, se acumulan como piedras en los zapatos, haciendo el camino más pesado.

Entonces empiezan los roces, las discusiones que se inician por nimiedades y que, sin darte cuenta, se transforman en guerras en las que no se busca ganar, sino no perder. La casa, que solía ser un refugio, ahora se siente como un campo de batalla en el que se lucha por cada centímetro de espacio, por cada minuto de paz. Y te preguntas, con más frecuencia de la que quisieras admitir, si esto es lo que quieres, si vale la pena seguir luchando.

Porque rendirse también parece una opción, a veces la más lógica, la menos dolorosa. Pero rendirse es difícil cuando recuerdas los buenos momentos, cuando piensas en lo que podrían perder, en todo lo que han construido juntos, por más frágil que parezca en esos momentos. Así que te aferras a la idea de que todo puede mejorar, que quizás, con un poco más de esfuerzo, con un poco más de paciencia, las cosas volverán a ser como al principio.

Pero el tiempo te enseña que las cosas no vuelven a ser como antes. La convivencia cambia todo, transforma lo que pensabas conocer de la otra persona y de ti mismo. Te enfrenta a tus propios demonios, te obliga a mirar dentro de ti y a cuestionarte si realmente estás dispuesto a ceder, a cambiar, a aceptar que no tienes siempre la razón, que a veces eres tú quien debe dar el primer paso hacia la reconciliación.

Y así, la convivencia se convierte en un aprendizaje constante, en una batalla diaria en la que no siempre sales victorioso. Hay días en los que te sientes derrotado, en los que todo parece estar en tu contra, en los que el peso de la rutina es casi insoportable. Pero hay otros días en los que descubres que, a pesar de todo, esa persona sigue siendo la razón por la que te levantas cada mañana, la razón por la que sigues intentando.

Ser pareja y convivir es complicado, mucho más de lo que nos enseñaron a creer. No es la imagen perfecta que nos vendieron en las películas o los libros. Es un trabajo diario, es aprender a ceder, a perdonar, a dejar pasar, a vivir con las diferencias sin que se conviertan en un abismo entre los dos. Es entender que el amor no es siempre suficiente, pero que, a pesar de todo, es lo que nos mantiene unidos, lo que nos empuja a seguir adelante en este laberinto compartido, buscando la salida juntos, aunque a veces parezca que nunca la encontraremos.

sábado, 25 de agosto de 2018

La Dura Lección del 'No

Siempre me ha sido casi imposible negarme a un favor. La palabra "no" es como una sombra que nunca he logrado desenterrar de mi diccionario personal. Si alguien me pide ayuda, creo que realmente lo necesita, y en mi mente, eso justifica cada esfuerzo. 

Recientemente, mi hija estuvo gravemente enferma, una semana en la UTI que nos llevó al límite. La economía se volvió una preocupación, y aunque Claudia y yo nos arreglamos con lo que pudimos y recibimos el respaldo de la familia, el costo de la salud en este país es un monstruo implacable. No recurrí a las redes sociales para pedir ayuda, simplemente porque no tuve el tiempo ni el ánimo. Sin embargo, con el apoyo de quienes siempre estuvieron allí, pudimos seguir adelante.

Lo que viví me enseñó algo más allá del valor monetario: descubrí quiénes realmente estaban conmigo en las buenas, en las malas y en las peores. Recibí llamadas de personas preocupadas, amigos y familiares que se acercaron con una genuina intención de ayudar, y hasta compañeros de la universidad que se ofrecieron a organizar bingos para colaborar, a pesar de que les pedí que no lo hicieran. El apoyo fue inmenso y eterno, algo que siempre agradeceré. Pero también vi a los que, en medio del caos, nunca hicieron un simple gesto de interés o apoyo.

Ahora, después de todo, he aprendido a pronunciar la palabra "no". He descubierto que está bien ayudar hasta donde uno puede, pero no debo sentirme obligado a hacerlo siempre. A veces, el altruismo se convierte en una carga cuando se espera algo a cambio, incluso si no lo queremos reconocer. Aprendí que la verdadera ayuda viene de aquellos que están allí sin buscar nada en retorno.

En este momento de mi vida, lo único que quiero es estar presente para mi familia, amarlos y protegerlos. Quien quiera saber de mí, sabe dónde encontrarme, o al menos debería saberlo. La lección más dura y más valiosa que he aprendido es que el verdadero apoyo se mide en acciones, no en palabras vacías.

martes, 12 de junio de 2018

En Silencio, Buscando Palabras

Nunca he sido un virtuoso del habla, ni en reuniones bulliciosas ni en las conversaciones telefónicas. Las palabras precisas suelen escaparse en el momento justo, dejándome con una sensación de vacío y frustración. Por eso, encuentro refugio en la escritura. Es ahí donde puedo escoger cuidadosamente las palabras, encajarlas en su lugar exacto y expresar lo que realmente quiero decir. 

A pesar de mi tendencia al silencio, mi mente nunca deja de trabajar. Imagina que estoy constantemente escribiendo en una hoja imaginaria, buscando esas frases que puedan transmitir lo que siento y pienso. En ese espacio de silencio, encuentro la claridad para articular lo que a menudo me resulta tan difícil en el mundo ruidoso de los sonidos.

Una hora de silencio absoluto cada día se ha convertido en mi ritual de regeneración. Es en esos momentos de calma que intento ser "más", que busco maneras de ser mejor para aquellos que me rodean. Y tú, que has aprendido a esperar en medio de mis silencios, te has convertido en la pausa indispensable en cada uno de mis días. 

¿Cómo estás, amor? ¿Cómo está nuestra hija? En este silencio que busco, espero encontrar las palabras adecuadas para responder a tus preguntas y a mi propio anhelo de conexión. Porque en el fondo, mis silencios son sólo intentos de encontrar las palabras que realmente importan.

domingo, 10 de junio de 2018

El Corazón en Espera

Hola a todos, hoy nos sumergiremos en el corazón, ese enigma insondable que llevamos dentro. A la izquierda, en el rincón más cálido, están esos seres queridos que iluminaron tu camino. Son las almas en las que confías, las que han sido pilares en tu vida, esos amigos y familiares que has amado y que han marcado tu existencia. Ellos son el refugio y la fortaleza de tu crecimiento.

A la derecha, se encuentran tus creencias, esos principios inamovibles que definen quién eres. Ahí está tu religión, tu Dios, tus ideales por los cuales luchas con fervor. Todo lo que es esencial para ti, desde tus convicciones más profundas hasta tus gustos personales, reside en esta parte de tu ser. Es el núcleo de lo que sostienes con orgullo, el faro que guía tu existencia.

Pero en el centro, en el lugar más sagrado y reservado de tu corazón, hay un espacio especial, una sección exclusiva que no está destinada a cualquiera. Este lugar ha sido deseado por muchos, ha sido codiciado y, a veces, ocupado temporalmente por aquellos que creíste adecuados. Algunos han intentado forzar su entrada, otros han sido admitidos por error, y en este proceso, has lastimado y has sido lastimado.

Sin embargo, el truco está en entender que este espacio central está reservado para un alma específica, una que aún está en camino, un ser destinado a llenar ese vacío. Lo que muchas veces no comprendemos es que estamos buscando a alguien que no está hecho para ese espacio. El corazón, en su sabiduría, sabe que solo el tiempo revelará quién es el adecuado para ocupar ese lugar tan preciado.

Así que la solución está en la paciencia. Deja que el tiempo haga su trabajo. No te apresures en llenar ese vacío, no trates de forzar a alguien en ese espacio que aún no le pertenece. La persona correcta, la que verdaderamente está destinada a ocupar el centro de tu corazón, llegará cuando menos lo esperes. Hasta entonces, guarda ese lugar especial con la esperanza de que el tiempo te mostrará quién es el verdadero dueño del centro de tu ser.

miércoles, 6 de junio de 2018

Retrato de un Fantasma Feliz

Bueno, soy el Panchito, como me llaman mis compañeros. Estudié Control Industrial y ahora estoy en un diplomado en la Universidad de Santiago. Físicamente, no soy el más atractivo del grupo; tengo una contextura gruesa para mi edad y no ayudo mucho con mi tamaño promedio. Mi cabello siempre parece una batalla perdida contra el desorden y mis ojos, rojos por la falta de sueño, son un constante recordatorio de mis noches en vela. A pesar de usar lentes, “veo más de lo que creen”, como dicen. Soy introvertido, me cuesta abrirme a gente nueva, y aunque tengo un carácter bastante enojón, he aprendido a controlarlo. No soy precisamente un rayo de sol, más bien tiendo a ser gris. Escribo, aunque no tan bien como quisiera, y me entretiene, así que aquí estoy.

La música de mis padres me envuelve, la música de antes, la que trae recuerdos y melancolía. Amo la soledad y, si pudiera, sería un ermitaño, pero las cuentas no se pagan solas y tengo que trabajar y estudiar. La computación es mi refugio, trato de ser autodidacta y devorar libros, siempre buscando ese pedazo de sabiduría que se me escapa. Soy tranquilo y nostálgico, encuentro paz en la playa en invierno, en la lluvia, en los días grises, y el silencio es mi compañera intransigente.

Me encanta ver a la gente feliz, reviviendo momentos y lugares especiales. Tengo una lista de libros favoritos que acompaña mis horas de lectura. Pero lo que más amo en el mundo es mi hija. Le escribo un libro donde intento capturar lo indescriptible de mi amor por ella. ¿Cómo no amarla? Cada vez que llego a casa, su alegría de verme es el único tesoro que ansío. No hay nada que desee más que tomarla en mis brazos.

Mi círculo social se ha reducido con el tiempo. Ahora, me refugio en casa, escribiendo y entregándolo todo por mi familia. Trato de ser leal a quienes considero, aunque sea un fantasma en el mundo social. Hablo poco, escucho mucho, leo cuando puedo, y tengo defectos que prefiero omitir. Pero aquí estoy, en este rincón, con mi mundo, mi amor, y mi constante búsqueda de significado en lo simple.

viernes, 1 de junio de 2018

En el Laberinto del Tiempo

Trato de no hurgar demasiado en el pasado, solo lo evoco con una mezcla de cariño y resignación, sabiendo que lo que fue, ya no volverá a ser, al menos no en la misma forma. La gente siempre dice que “el tiempo pasado fue mejor”, pero yo prefiero creer que “mañana es mejor”. 

A menudo me encuentro atrapado en un juego mental, imaginando cómo habría sido todo si las cosas hubieran sido diferentes. Ahora, mientras mi vida navega en calma, tú, a pesar de los años, lograste sobrevivir a tus inviernos. En cambio, yo no tengo dudas de que mi primavera apenas está despunta y ya está a punto de cumplir su primer año.

Y aquí estoy, reconociendo por primera vez que la vida no es sencilla, ni debería haber sidolo para ti. Aceptar mi forma de querer ha sido un desafío, pero sé que algún día encontraré paz con la forma en que alguna vez intenté llenar tus zapatos con los retazos de mi infancia y mis problemas.

Entiendo ahora que no hay pasos en falso cuando se trata de la vida. Cometemos errores, tomamos decisiones equivocadas, y a veces, es necesario empezar de nuevo para encontrar el camino correcto. Debo aceptar que te amé con lo que pude en su momento: con la inmadurez de mi niñez, mis conflictos internos, y el amor profundo hacia mi familia. Y hoy, aunque ya no estés aquí, ese amor sigue creciendo y se intensifica.

Soy impulsivo, y eso ha traído sus consecuencias. Quedarme estancado en ese dolor solo me hará retroceder. Debo seguir adelante, por mi hija, por el futuro que estoy construyendo. La vida se trata de crear recuerdos, y creo que estoy en el camino correcto, esforzándome cada día para ser el ser que mi familia espera de mí.

El amor que solía mostrar ya no es el mismo que antes, pero en mi crecimiento reconozco el avance. Aunque a veces estés lejos y pasen meses sin que te busque, siempre estás presente en mis pensamientos. El daño está hecho, pero el amor permanece inmutable. ¿Cómo escapamos de eso, papá? 

Así, sigo navegando en este laberinto del tiempo, construyendo recuerdos y buscando reconciliación en cada paso.

martes, 29 de mayo de 2018

El Petricor de la Nostalgia

Me gusta la lluvia casi tanto como me gusta recordar momentos, esos fragmentos de la vida que a veces se desvanecen y otras veces se quedan grabados a fuego. Hay algo en asomarse a la ventana y ver cómo el gris se adueña del cielo, cómo las personas se arrugan bajo sus paraguas y maldicen el día. Todo se convierte en una paleta melancólica, como si el mundo entero estuviera en pausa, permitiendo que las emociones se deslizen por el aire y se cuelen en la mente de cada uno.

En esos días, los olores se vuelven recuerdos, y lo que para muchos es solo agua, para mí es un puente hacia el pasado. El petricor, la geosmina, ese aroma a tierra mojada, es una conexión primitiva con mis raíces. Es como si la lluvia pudiera hablar, susurrar historias olvidadas a través del tiempo. Me transporta a mi familia, a aquella casa de madera que capturaba el calor de una estufa a parafina, a la gotera en la cocina que hacía música al caer sobre una olla y salpicaba el suelo con pedazos de diario.

Recuerdo las huellas de mis hermanos, esas marcas en el suelo al entrar y salir, y la imagen de mi abuela secando mis calcetines para que mis pies se mantuvieran cálidos después de la escuela, mientras me preparaba un ulpo caliente. Los días grises tienen su propio encanto, una belleza triste y perfecta que me recuerda por qué me gusta tanto la lluvia. Es como un abrazo del pasado, un refugio en medio del presente. ¿Cómo no me va a gustar lo que me lleva de vuelta a esos días sencillos y entrañables?

sábado, 26 de mayo de 2018

La Coraza Quebrada

Aquellas palabras lo destrozaron por dentro, pero el muchacho se tragó el dolor y se fue, decidido a no dejar que nadie viera cuánto le importaba. Su orgullo le impedía mostrar lo que realmente sentía, aunque cada paso que daba era un esfuerzo por no derrumbarse. Sabía que, si se permitía escuchar una palabra más, se rompería a llorar, y no era el momento para eso. Apretó la mandíbula y el puño, tratando de contener la rabia y la desilusión que le hervían en el pecho, alimentadas por la mentira, la ironía y la falsedad que lo rodeaban. Sacó fuerzas de un lugar que ni él sabía que existía, fuerzas para renunciar a un sistema que lo estaba devorando, aunque ya no le quedara casi nada por dentro.

"No puedo seguir en este sistema corrupto," dijo, tratando de sonar firme, aunque la coraza que lo protegía estaba a punto de desmoronarse. "No encajo aquí, donde si no te unes te sacan, donde tienes que decir 'sí' a todo, donde se trabaja para complacer y no para mejorar, donde tienes que sonreírle al que no se lo merece, donde tienes que vender tus principios por un cheque al final del mes."

Se giró para irse, sintiendo cómo la coraza comenzaba a agrietarse. Pero, aún así, tuvo las agallas de pasar a despedirse de alguien que consideraba su amigo. Ese "yo" que lo había visto así, que casi se fue con él, pero sabía que no era su momento. Querido amigo, sé que detrás de ese genio hay principios claros que no se venden, y es por eso que soy tu amigo. Aunque el mundo intente quebrarte, hay algo dentro de ti que nunca podrán tocar, algo que te hace fuerte, y es por eso que siempre estaré aquí, en la distancia o en la cercanía, porque en ti reconozco la misma lucha que llevo en mí.

viernes, 18 de mayo de 2018

La Santa Hipocresía

Castigaron a los obispos, y la Indiada aplaude como si todo estuviera bien ahora. Pero hay cosas que no podemos olvidar. Aquí hubo más que violaciones y daño moral, hubo encubrimientos, mentiras, una cacería implacable contra las víctimas. Años de conspiraciones, de silencio cómplice, como si fuera un episodio más de las teorías del Salfate. Y este imbécil de blanco los castiga según sus propias leyes, como si eso fuera suficiente. “Merecen cárcel, mínimo,” dicen algunos, pero las renuncias son el precio que paga la plebe para no perder la fe en el Pulento.

No estoy en contra de un Dios, que quede claro. El problema no es el jefe, el problema son los que arman la fiesta en su nombre. Por eso creo que el Papa es la misma mierda que todos ellos. Se hace el santo, pero oculta la raíz del problema: el sistema religioso en sí, una maquinaria vieja y oxidada que sigue girando, que sigue aplastando bajo su peso a los más vulnerables. Esto no va a parar, no mientras todo siga igual, no mientras el mundo siga aceptando esta farsa. Pero, claro, para el mundo, el show debe continuar. Y así, la mierda sigue, tan santa como siempre.

La Distancia de lo Esencial

Una de las delicias más raras de esta vida es encontrar a ese amigo, ese alguien con quien puedes hablar de cualquier cosa sin trabas, sin filtros. A él le confías tu verdadero ser, ese que escondes del resto del mundo, y con él puedes hablar horas y horas, hasta que la noche te sorprenda. No importa cuánto tiempo pase sin verse, siempre te entiende a la perfección, siempre sabe cuando uno de tus "saludos" lleva una carga diferente, cuando algo no está bien.

Ese amigo que te apoya sin importar qué, que te insulta de frente, con sinceridad, y no a tus espaldas. Esas son las personas que debería tener cerca, esas que son raras como el buen licor, que con el tiempo se hacen más preciadas. Y sin embargo, las alejo. Quizás por miedo, o quizás porque la vida se encarga de meter sus dedos en los lugares más delicados, alejando lo esencial, lo que realmente importa. Me doy cuenta, y aún así, no hago nada.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Aunque Sea en Silencio

Confía, no te guardes nada. Cuéntame cómo ha sido tu día, esos pequeños imprevistos que se cruzan en el camino sin avisar. Háblame de tu hermana y de tu madre, de esos lazos que a veces duelen más de lo que deberían. Dime si hoy has soñado o si las pesadillas han vuelto a hacerte compañía en la noche. Háblame de tus penas, esas que escondes tan bien, de tus decepciones que prefieres callar, y de esas grandes alegrías que parecen tan lejanas.

¿Cómo ha sido llegar a casa sola? ¿Qué se siente dormirse y despertarse en tu propio hogar, sin más compañía que tus pensamientos? Dime quién te hace daño, y lo encaramos. Cuéntame qué pasó con tu bicicleta, si tu pareja logró arreglarla o si debo hacerlo yo. 

Amiga, si te has resfriado, estamos en las mismas, porque yo también estoy hecho polvo. Dime si te llevarás tus gatos al departamento, háblame de ese amor por ellos que me hace sonreír. Háblame de ti, y hablemos de mí, de nuestros problemas laborales y personales que se sienten tan pesados a veces. Pero háblame, cuando quieras, sin prisa ni motivo, que escucharte siempre será un bálsamo para mi alma.

jueves, 10 de mayo de 2018

A Ellas, Que Fueron Todo

Mi madre y mi abuela, dos mujeres que han moldeado mi vida con una fuerza que pocos entenderían. A lo largo de los años, se convirtieron en lo más respetado y venerado en mi existencia. Las he hecho llorar de felicidad y, lamentablemente, de tristeza también. Ahora, en su ausencia diaria, siento el peso de una vida sin ellas cerca. 

Conozco sus gustos, esos tan sencillos que un simple gesto puede hacerlas sonreír. Y doy gracias a la vida por haberlas puesto en mi camino. Si pudiera elegir de nuevo, no dudaría ni un segundo en volver a escogerlas como madre y como abuela.

Mamá, recuerdo cada momento en que no teníamos un peso para la comida, y tú llegabas con la leche que sacrificabas de tu propio almuerzo. O cuando mi abuela se quedaba a cuidarnos de noche porque tú tenías que trabajar. Soy afortunado de haberlas tenido conmigo en las buenas y en las malas.

Me arrepiento de cada vez que las hice sufrir, de todas esas veces que mi egocentrismo fue más importante que su bienestar. Ahora, cuando estoy enfermo y recibo toda su atención, me doy cuenta de lo bien que se siente saber que tengo su amor incondicional. Las veo preocupadas, tristes, asustadas, y a veces, enojadas porque no cambio mis malos hábitos. Pero siempre, siempre anteponen a los demás antes que a ustedes mismas.

Hoy las veo envejecer, y me doy cuenta de que les he robado un pedazo de sus vidas, un tiempo que nunca recuperarán. Cada vez que voy a casa y las observo, me pregunto cómo es posible que tengan tanto amor para dar, y lo demuestran día a día. Sé que sus manos están secas, ásperas, agrietadas por años de esfuerzo y trabajo. Sé que cada arruga en sus rostros ha sido provocada por mí y por mis hermanos.

Espero, con todo mi ser, algún día poder retribuir todo ese amor y tiempo que me han dado. Y aunque anhelo que nunca tengan que irse de este mundo, sé que un día sucederá. Cuando ese momento llegue, dejarán un vacío en mi vida tan grande que no puedo imaginarlo. 

Gracias, abuela Rosa, por siempre estar ahí. Gracias, mamá, por siempre estar ahí. Las amo con todo mi corazón.


lunes, 7 de mayo de 2018

El Silencio Justificado

Me han llamado cortante, arrogante, y hasta levantado de raja por lo poco que contesto. Pero ¿qué saben ellos? No entienden que es mi forma de ser. A veces, el mundo entero debería guardar silencio, o al menos, eso creo. Hay días en los que las palabras simplemente no valen la pena. ¿Para qué abrir la boca cuando la mayoría de las veces lo que dices se diluye en la nada?

Prefiero observar desde lejos, callado, viendo cómo se desarrollan las cosas sin la necesidad de meterme en el ruido. No es que no tenga nada que decir, es solo que no siento la urgencia de hacerlo. No siempre vale la pena gastar saliva, y eso, al parecer, es algo que pocos entienden.

No es que me crea mejor, es que, a veces, el silencio es lo único que tiene sentido. Mientras los demás se desesperan por hablar, por llenar los espacios con palabras vacías, yo elijo quedarme en mi rincón, observando, pensando, y dejando que el ruido pase de largo. Porque al final, el silencio es lo único que realmente me pertenece.

viernes, 27 de abril de 2018

La sonrisa falsa

A veces, solo quiero ser normal. Ya sabes, enfrentar los problemas con una sonrisa, como lo hace todo el mundo. Pero es jodidamente difícil salir y poner esa sonrisa cuando la vida te golpea con situaciones inesperadas que te derrumban. 

Es un infierno contarle a tu pareja los problemas del día a día, abrir la boca y soltar lo que te carcome por dentro. Pero, ¿sabes qué es peor? No decir nada. Tragarlo todo, levantar la cara y, con todas tus fuerzas, dejar escapar una sonrisa falsa, una que no engaña ni a un niño. 

"¿Cómo te fue?", pregunta ella, esperando la misma respuesta de siempre. 

Y ahí estás tú, con esa sonrisa forzada, mintiendo entre dientes. "Bien, mi amor", dices, como si esas palabras tuvieran algún peso, como si al decirlas el mundo se acomodara y todo fuera verdad. Pero no es verdad, y lo sabes. Y esa sonrisa, esa maldita sonrisa que te esfuerzas por mantener, es solo una máscara que cubre el caos que llevas dentro.

Quieres ser normal, quieres poder sonreír de verdad, pero la vida se empeña en lanzarte más mierda de la que puedes manejar. Así que sigues sonriendo, porque ¿qué otra cosa puedes hacer?

jueves, 19 de abril de 2018

El fantasma del pasado

Fuimos felices cuando éramos niños, y no teníamos ni idea. A los seis años, me envolvía en una sábana y me convertía en un fantasma, deslizándome por la casa como si tuviera algún poder especial. Mi madre, con su paciencia infinita, me enseñó a hacer un choncha y un sombrero de papel, y para mí, eso era magia pura. Marzo llegaba con la lista de útiles escolares, y eso era otra forma de felicidad, llena de cuadernos nuevos, lápices, y colores que prometían aventuras.

Las noches eran largas, y fingía estar dormido cuando mis padres venían a ver si estaba bien. El peor dolor del mundo era una rodilla raspada por un tropezón, y la mayor dicha era salir a la calle, jugar pichanga con los amigos, y si se unían los adultos, era como tocar el cielo.

Pero entonces, en algún momento, todo cambió. ¿En qué momento de mierda crecimos? De repente, los problemas se apilaron como una montaña, y nos hicimos los fuertes, como si ser fuerte fuera algo a lo que aspirar. Los amigos se convirtieron en sombras que apenas vemos, y la vida se volvió un acto de equilibrio sobre un alambre fino, donde una caída significa más que una simple rodilla raspada.

A veces, estoy harto, agotado de pretender que todo está bien. ¿Recuerdan cuando éramos pequeños? Lo único que queríamos era ser grandes, y ahora me pregunto, ¿en qué demonios estábamos pensando?

Fuimos tan felices siendo niños, y no lo sabíamos. Ahora, todo lo que nos queda son los recuerdos, fantasmas de un pasado que parece tan lejano y a la vez tan cercano. El verdadero truco de magia hubiera sido nunca dejar de ser aquellos niños, pero aquí estamos, envueltos en sábanas que ya no nos hacen invisibles, sino pesadas con el peso de la vida.

miércoles, 11 de abril de 2018

Historias Inacabadas

De niño, me perdía en el dibujo, trazaba líneas y colores como si con eso pudiera atrapar el mundo. Disfrutaba cada trazo, cada figura que emergía del papel. Pero, como en muchas cosas en mi vida, lo dejé atrás. Luego vino el ajedrez. Me volví bueno, realmente bueno. Gané competencias, me entrené como pocos, y jugué en plazas donde pocos podían derrotarme. Plaza Ñuñoa, Plaza de Armas, esos eran mis territorios, donde las piezas bailaban a mi favor. Pero, como siempre, lo dejé atrás también.

Entonces llegó la escritura. Escribir es lo único que aún me enloquece. Nunca intenté contar las historias de otros, siempre busqué las palabras que definieran mi vida, aunque no supiera escribir bien, aunque mis frases fueran un desastre. Eran mis historias, mis pensamientos, y eso me bastaba.

Muchas veces me dijeron que creara, que inventara, que diera vida a historias ficticias. Siempre respondí que no. "Que ellos escriban sus propias hojas", les decía. Yo no puedo escribir lo que no he vivido. Así pasaron los años, y seguí en lo mío, sin terminar ningún libro de los que comencé.

Hace un año, me di el lujo de escribir un libro para mi hija. Es uno de esos placeres que me permito, escribir lo que pienso y siento sobre la vida, aunque nunca termine lo que empiezo. Quizás algún día, alguien leerá esos textos inacabados y encontrará en ellos algo de mí.

Me di cuenta de que no soy capaz de interpretar historias que no viví, mucho menos de escribirlas. Prefiero plasmar mis mentiras, porque al final, son las únicas verdades que tengo.

miércoles, 31 de enero de 2018

Un corazón en el caos

Familia, quiero que entiendan algo fundamental: me gusta ser quien soy. No cambiaría mi mundo por nada, ni mi manera de hacer las cosas, y menos ahora que ustedes están en él. Sé que no siempre les cuento lo malo para no preocuparlos, pero que les quede claro: siempre estoy luchando para salir adelante, y lo hago por ustedes.

Pero te pido algo, con la sinceridad que me caracteriza: no intentes cambiar mi vida. Si soy feliz así, déjame ser. Me gusta mi vida tal como es, con toda su locura, su soledad, sus dramas y lágrimas, su sarcasmo, su oscuridad. Amo todo eso de mí, incluso las noches sin dormir, el silencio que a veces me envuelve, la soledad que parece asustar a los demás. No te empeñes en mejorar mi vida, porque estoy bien. Puede que te preocupe ver cómo mi vida se torna caótica, pero la verdad es que disfruto de ese caos, me encanta el desorden en el que vivo. Y sé que no es fácil para ti, pero créeme, lo compenso con amor.

Lo que sí te prometo, es que siempre estaré para ustedes. Estoy aprendiendo a ser marido y padre, y aunque noto mis errores, me esfuerzo en corregirlos. Pero esto que ves, este ser silencioso, oscuro y muchas veces solitario, es lo que soy. Esa es mi esencia. Puede que no siempre lo entiendas, pero sé que dentro de mí hay un corazón gigante que late con amor por ustedes, incluso en medio de todo este caos que llamo vida.

martes, 23 de enero de 2018

El canto de un idealista

Nunca les conté esto, pero hace un tiempo me ofrecieron un cargo político. Me lo pintaron como un billete dorado, una promesa de gloria para alguien común y corriente, alguien como yo, que siempre está buscando hacer algo. Me llamaron en medio de una jornada de trabajo, detallándome los proyectos que podrían abrirse ante mí. Yo, en esos días, estaba metido hasta el cuello en el Centro Cultural, y querían aprovechar esa vitrina. “Queremos invitar a tus actos culturales, escoger quién quieres que esté en las fotos, masificaremos tu imagen, tú eliges el político de nuestro partido con quien quieres aparecer y nosotros nos encargamos del resto.” Me prometieron un libro lleno de bases políticas para seguir, para mantenerme en línea con su guion, evitando cualquier desliz que pudiera desentonar.

En ese instante, sentí una punzada de desilusión. Les respondí con una claridad helada: “No me interesan los cargos políticos, no me interesa que fabriquen mi historia con mentiras. Mi historia ya está construida, sólida, y la he forjado a lo largo de años haciendo cosas por mi gente. No me interesa estar en fotos forzadas con políticos que, aunque tienen el poder de ayudar, nunca lo hacen. No me interesa que nadie hable bien de mí. Mi trabajo, lo he hecho durante casi toda mi adultez. Cuando he tenido la oportunidad de contribuir a mi comunidad, lo he hecho. No me interesa convertirme en un plástico después de ser sangre, tripas y hueso.”

Me da lo mismo cómo funcionan las cosas en el mundo de la política, donde las relaciones públicas parecen pesar más que las acciones reales. Puede que en su universo, eso sea la norma, pero en el mío no lo es. Duermo tranquilo con mi conciencia. Así que corté la llamada. Nunca más me buscaron, y me alejé del Centro Cultural, que fue cayendo bajo su influencia. Aún apoyo a algunos que conozco como personas, pero el mundo político sigue siendo un abismo en el que nunca entraré. Me decepciona día a día.

viernes, 19 de enero de 2018

La puerta siempre abierta

Nunca he alejado a nadie de mi vida. Cada persona que llegó a mi puerta fue recibida con los brazos abiertos, sin reservas, como si el lugar estuviera hecho para compartir. “Donde come uno, comen todos,” solía decir. Después de un asado o una cerveza, muchos se fueron, y ahora que yo necesito un poco de lo que nunca pedí, parece que cruzan la calle. Ven mis defectos y no se atreven a tocar la puerta que antes golpearon sin dudar. Mi error, supongo, ha sido mantener la puerta abierta sin esperar que se cierre.

Ahora, en este tramo de la vida, llevo en mi corazón a quienes han estado en las malas, a los que no solo vienen cuando soy un recurso, sino a los que se quedan cuando todo se vuelve gris. El tiempo hace su trabajo, depura las compañías y agradezco a los que nunca se fueron, a los que ven más allá del trabajador o el compañero, a los que ven al hombre.

Siempre he querido ser alguien que sirve, alguien desprendido, pero parece que ese mismo deseo ha sido mi perdición. Ser servicial puede ser un error cuando los demás sólo lo ven como una debilidad. Agradezco a los que se quedaron en las vacas flacas, en las tormentas, a los que no sólo se acercaron en los momentos buenos o cuando mi presencia les beneficiaba.

Sigo caminando hacia un destino incierto, esforzándome cada día para mantener a mi familia bien, mientras algunos no ven más allá de la coraza que a veces me pongo. No guardo odios ni rencores, aunque las críticas y las faltas de comprensión me afectan. Me esfuerzo por escuchar boleros y valses peruanos, con más o con menos, sigo siendo el mismo.

Estoy en la parada de darme fuerzas a mí mismo, en el proceso de salir adelante y aprender de los errores cometidos. Y a pesar de todo, a pesar de los errores y las falencias, quiero que quede claro: no soy una buena persona. Solo soy yo, y eso debe bastar. Buenas noches.

jueves, 18 de enero de 2018

El sueño inacabado

El sueño sigue en construcción, una obra eterna en el andamiaje de la vida. Mi madre, con la humildad que solo los grandes conocen, me ofreció un hogar y un par de alas que se desplegaron hacia este lugar incierto. Aquí estoy, en medio de la construcción de mi refugio, esperando que el tiempo me dé la oportunidad de disfrutar lo que resta de mi vida en este espacio que llamo hogar.

No le debo nada a la vida, y la vida no me debe nada a mí. Pero, a pesar de esta neutralidad existencial, no puedo evitar desear estar rodeado de hijos y nietos, de ser parte de una sucesión de generaciones que me recuerden, de tener la oportunidad de malcriar a esos pequeños con el amor que mi corazón aún guarda. No sé si la vida me ofrecerá esos regalos, si el destino me permitirá ser el abuelo que imagino en mis sueños.

Por ahora, estoy aquí, con mis propias manos y mi determinación para avanzar, para ser algo más por mi familia. Si he cometido errores, me lamento por no haberme dado cuenta antes, pero no tengo miedo de admitirlo. Tengo una profunda urgencia de aprender a "Ser", de evolucionar constantemente en este relato llamado Quintana Sánchez.

Cada error, cada acierto, cada día que pasa, es una lección en el camino hacia lo que quiero ser. Las alas que mi madre me dio no solo me trasladaron a este lugar físico, sino que también me llevan hacia un futuro que aún está por escribirse. Mientras la casa se construye, también lo hago yo, pieza por pieza, sueño tras sueño, con la esperanza de que, al final, miraré atrás y veré que valió la pena.

lunes, 1 de enero de 2018

Balance de un año

Aquí estamos, al borde de un nuevo capítulo, con la tradición de escribir en mi muro el último día del año, o el primero, como prefieran llamarlo. El ritual es el mismo, una especie de confesión pública de lo que ha sido el año. Miro atrás, pero sin ganas de volver a lo que no cumplí. Este año, el pasado se queda en su sitio, sin intento de revivirlo ni para tomar impulso. Tengo un faro brillante que me obliga a mirar siempre hacia adelante.

Este año ha sido un mosaico de experiencias. A nivel personal, he tocado algunos acordes que me han hecho sentir que estoy en el camino correcto. En lo laboral, he escalado metas, y en lo académico, he enfrentado desafíos que me han enseñado a abrazar el cambio. Pero el verdadero cambio ha sido en lo familiar, con una estrella llamada Amanda Julieta. Ella y su madre, a quien amo más de lo que las palabras pueden decir, han sido el ancla que mantiene mi barco en curso.

Cada cosa que he logrado ha sido una batalla, y si no lo he conseguido, no ha sido por falta de esfuerzo. He aprendido a aceptar las derrotas y a saborear las victorias, entendiendo que todo llega en su momento, a su manera. El año que viene no me promete nada, pero me lo ofrece todo, y yo estoy listo para recibirlo con los brazos abiertos, sin importar lo que venga.

Cada año empiezo con el corazón lleno de ilusiones, esperando que las cosas marchen bien, pero si el camino se vuelve áspero, estaré aquí para enfrentar lo que venga, por mi familia. Tengo la fortaleza necesaria y unas manos dispuestas a cargar el peso, pase lo que pase.

Mi hija ha transformado mi debilidad en fuerza. Los años han pasado, y con ellos, he aprendido a madurar. Ella me ha dado un propósito, un motivo para enfrentar la vida con una renovada determinación. A nivel de Facebook, no puedo dejar de agradecer a quienes siempre están, a los que leen mis tonterías, a los que aprecian mis intentos de poesía y filosofía. A cada uno que se ha tomado un segundo para dejar un “Me Gusta” o un comentario, ustedes son parte de esta travesía.

A mis amigos más cercanos, Felipe Campos, Mauricio Didier López Díaz, y Víctor Danilo Zúñiga Herrera, gracias por ser el ancla en las tormentas, por compartir una cerveza y por estar siempre allí. A Valeria Alejandra Medina Quintana y su familia, gracias por enseñarme el valor de un abrazo sincero. A Josselyn Gutiérrez Sepúlveda, Juan Causa, y Juan Casanova, sus enseñanzas son tesoros en mi vida.

A mi familia, Lucy Pavez Morales, Nicolás Felipe Quintana, Catalina Paz Pavez, y Diego Ignacio Aguilar, gracias por ser el pilar que sostiene mis días más oscuros. Su presencia es la luz en mis momentos de duda. A mi abuela, la única, mi árbol de sabiduría, mis lágrimas y temores son por ti. Eres todo lo que necesito.

Y a mi mujer, Claudia Sánchez Sanhueza, eres mi corazón, mi pensamiento, mi día a día. Todo lo que soy y todo lo que quiero ser, es por ti y por nuestra hija. Espero que este año nos traiga más momentos juntos, más risas, y más sueños cumplidos. Amanda Julieta, brillas con una luz propia que ilumina mi vida más allá de lo que puedo expresar.

A todos, gracias. Este año, con su carga de desafíos y alegrías, ha sido un testimonio de lo que significa vivir con intensidad, de abrazar tanto los buenos como los malos momentos, y de encontrar en cada día una razón para seguir adelante. Feliz Año Nuevo.