Me gusta la lluvia casi tanto como me gusta recordar momentos, esos fragmentos de la vida que a veces se desvanecen y otras veces se quedan grabados a fuego. Hay algo en asomarse a la ventana y ver cómo el gris se adueña del cielo, cómo las personas se arrugan bajo sus paraguas y maldicen el día. Todo se convierte en una paleta melancólica, como si el mundo entero estuviera en pausa, permitiendo que las emociones se deslizen por el aire y se cuelen en la mente de cada uno.
En esos días, los olores se vuelven recuerdos, y lo que para muchos es solo agua, para mí es un puente hacia el pasado. El petricor, la geosmina, ese aroma a tierra mojada, es una conexión primitiva con mis raíces. Es como si la lluvia pudiera hablar, susurrar historias olvidadas a través del tiempo. Me transporta a mi familia, a aquella casa de madera que capturaba el calor de una estufa a parafina, a la gotera en la cocina que hacía música al caer sobre una olla y salpicaba el suelo con pedazos de diario.
Recuerdo las huellas de mis hermanos, esas marcas en el suelo al entrar y salir, y la imagen de mi abuela secando mis calcetines para que mis pies se mantuvieran cálidos después de la escuela, mientras me preparaba un ulpo caliente. Los días grises tienen su propio encanto, una belleza triste y perfecta que me recuerda por qué me gusta tanto la lluvia. Es como un abrazo del pasado, un refugio en medio del presente. ¿Cómo no me va a gustar lo que me lleva de vuelta a esos días sencillos y entrañables?