Voy a tomar una ducha, dejar que el agua caliente arrastre el cansancio, que se lleve con ella las migajas de un día que ya terminó. La ropa que llevo se va al suelo, se quedará ahí hasta mañana porque, francamente, me importa un carajo. Me serviré un vaso de agua, el trago más sencillo y más puro que puedo darme. Apagaré las luces, porque la oscuridad es el refugio perfecto para las verdades que uno prefiere no ver a la luz del día. Luego cerraré los ojos, no para dormir, no todavía, sino para repasar lo que fue mi día.
Me detengo un momento en ese silencio, el que solo se encuentra en la soledad de una habitación que, por un rato, es todo mi mundo. Es en esos instantes donde todo se detiene, donde el ruido del mundo no puede alcanzarme, que puedo pensar con claridad. Y ahí, en ese pequeño rincón de paz, escribiré estas palabras en mi blog antes de dejarme caer en el sueño.
No es que el día haya sido especial, no fue uno de esos días que recordaré por el resto de mi vida, pero fue un día en el que hice lo que pude, lo mejor que pude. Y eso, al final del día, es lo único que importa. Puede que este haya sido solo un día más en el calendario, uno que se perderá entre todos los demás. Pero me empeñé en que fuese un buen día, me esforcé para que, aunque todo lo demás se desmorone, pueda acostarme sabiendo que hice mi parte.
Es un ciclo, un ritual casi. Terminar el día, escribirlo, guardarlo, y dejarlo ir. Porque mañana, pase lo que pase, volveré a empezar. Y me empeñaré en que ese día, también, sea uno que valga la pena recordar, aunque sea solo por un instante de paz en la oscuridad de mi habitación.