miércoles, 25 de mayo de 2016

Un día más, un esfuerzo más

Voy a tomar una ducha, dejar que el agua caliente arrastre el cansancio, que se lleve con ella las migajas de un día que ya terminó. La ropa que llevo se va al suelo, se quedará ahí hasta mañana porque, francamente, me importa un carajo. Me serviré un vaso de agua, el trago más sencillo y más puro que puedo darme. Apagaré las luces, porque la oscuridad es el refugio perfecto para las verdades que uno prefiere no ver a la luz del día. Luego cerraré los ojos, no para dormir, no todavía, sino para repasar lo que fue mi día.

Me detengo un momento en ese silencio, el que solo se encuentra en la soledad de una habitación que, por un rato, es todo mi mundo. Es en esos instantes donde todo se detiene, donde el ruido del mundo no puede alcanzarme, que puedo pensar con claridad. Y ahí, en ese pequeño rincón de paz, escribiré estas palabras en mi blog antes de dejarme caer en el sueño.

No es que el día haya sido especial, no fue uno de esos días que recordaré por el resto de mi vida, pero fue un día en el que hice lo que pude, lo mejor que pude. Y eso, al final del día, es lo único que importa. Puede que este haya sido solo un día más en el calendario, uno que se perderá entre todos los demás. Pero me empeñé en que fuese un buen día, me esforcé para que, aunque todo lo demás se desmorone, pueda acostarme sabiendo que hice mi parte.

Es un ciclo, un ritual casi. Terminar el día, escribirlo, guardarlo, y dejarlo ir. Porque mañana, pase lo que pase, volveré a empezar. Y me empeñaré en que ese día, también, sea uno que valga la pena recordar, aunque sea solo por un instante de paz en la oscuridad de mi habitación.

sábado, 7 de mayo de 2016

Quedarse a pelear

No entiendo a los que se largan del país, los que creen que el dinero lo es todo, que un maldito billete puede comprar el tiempo que no pasaron con su familia. Se van, cruzan la frontera buscando esa estabilidad económica que les han vendido como el Santo Grial, pero, ¿a qué precio? Se van, prometiendo volver cuando estén mejor, cuando la cuenta bancaria esté llena y las deudas pagadas. Pero, ¿cuánta mierda tuvieron que tragar para llegar a eso? ¿Cuántos cumpleaños, cenas familiares, abrazos perdieron? No, viejo, eso no es vida. Eso es vender el alma por un espejismo de seguridad.

Acá, en este suelo que nos vio nacer, es donde debemos quedarnos, donde debemos pelear. No es fácil, nadie dijo que lo sería, pero es la única manera de cambiar algo. No se trata solo de sobrevivir, se trata de luchar para que este lugar sea mejor, para que los delincuentes que se han adueñado de todo no sigan riéndose en nuestras caras. Porque si te vas, les estás dando la razón, les estás dejando el camino libre para que sigan jodiendo a los que nos quedamos, a los que decidimos no rendirnos.

Hay que quedarse, no hay de otra. Hay que hacer, hay que meter las manos en la mugre, en la corrupción, en el miedo, y sacarlos uno por uno. Porque si no lo hacemos, nadie lo hará por nosotros. Es una cuestión de dignidad, de orgullo, de no dejar que nos pisoteen como si no valiéramos nada.

Y no es solo por nosotros, es por los que vienen después, por esos pendejos que crecen viendo cómo todo se va al carajo. Hay que enseñarles que la ética no es una palabra bonita que se aprende en la escuela, es una forma de vivir, de resistir, de no venderse al mejor postor. Porque si perdemos eso, lo perdemos todo. Y eso es lo que más me duele, ver cómo la conciencia de lo que está bien y lo que está mal se desvanece en las nuevas generaciones, como si no importara.

Así que no, no me voy a ir. Me quedo aquí, a pelear por lo que creo, a trabajar para que este país sea mejor. Porque no hay otra forma de hacerlo, no hay atajos, no hay escapatoria. O lo hacemos nosotros, o nadie lo hará. Y yo, por mi parte, prefiero morir en la lucha que vivir una vida vacía en cualquier otro lugar.