miércoles, 6 de marzo de 2019

Lecciones de Coraje

Mi abuela solía decirme que la vida no siempre te da las respuestas que buscas, pero sí te enseña a lidiar con lo que tienes. Era una mujer de sabiduría áspera y sincera, y cada lección que me dio venía cargada de una verdad cruda y directa. Aprendí mucho de ella, sobre todo cuando me decía que si algo me incomodaba o me hacía daño, debía hacer algo al respecto, sin importar si eso me ganaba enemigos o me arrastraba a una situación incómoda.

Me enseñó a no ser tonto, a evitar los conflictos que no llevarían a nada más que al desgaste, y a no perder el tiempo discutiendo con quienes nunca iban a ceder. Ella decía que gastar energía en disputas con personas que siempre tenían la última palabra era una batalla perdida, una verdad que el tiempo me ha demostrado más de una vez. 

Así, he aprendido a decir lo que pienso sin adornos, sin rodeos. Esa franqueza ha cerrado muchas puertas en mi vida, pero no puedo ser complaciente solo para encajar. Si algo no me gusta, no me gusta, y no me importa si eso hiere sensibilidades. No me dedico a enfurecerme, a gritar o a pelear, a menos que alguien ataque a mis seres queridos. En esos momentos, me convierto en algo que mi abuela bien entendía: un guerrero ciego, dispuesto a defender a mi familia con la furia de un torrente. La lección de mi abuela sobre proteger a los míos se ha convertido en un principio fundamental, una verdad que se enraizó en mi ser.

Así es como he vivido, entre la necesidad de hablar la verdad y la paciencia para mantener el silencio cuando es necesario, entre el coraje de enfrentar lo que no me gusta y la sabiduría de reconocer cuándo es mejor callar. En este equilibrio, he encontrado mi manera de navegar la vida, siempre con el recuerdo de esas lecciones simples pero profundas de mi abuela guiando mi camino.