viernes, 27 de abril de 2018

La sonrisa falsa

A veces, solo quiero ser normal. Ya sabes, enfrentar los problemas con una sonrisa, como lo hace todo el mundo. Pero es jodidamente difícil salir y poner esa sonrisa cuando la vida te golpea con situaciones inesperadas que te derrumban. 

Es un infierno contarle a tu pareja los problemas del día a día, abrir la boca y soltar lo que te carcome por dentro. Pero, ¿sabes qué es peor? No decir nada. Tragarlo todo, levantar la cara y, con todas tus fuerzas, dejar escapar una sonrisa falsa, una que no engaña ni a un niño. 

"¿Cómo te fue?", pregunta ella, esperando la misma respuesta de siempre. 

Y ahí estás tú, con esa sonrisa forzada, mintiendo entre dientes. "Bien, mi amor", dices, como si esas palabras tuvieran algún peso, como si al decirlas el mundo se acomodara y todo fuera verdad. Pero no es verdad, y lo sabes. Y esa sonrisa, esa maldita sonrisa que te esfuerzas por mantener, es solo una máscara que cubre el caos que llevas dentro.

Quieres ser normal, quieres poder sonreír de verdad, pero la vida se empeña en lanzarte más mierda de la que puedes manejar. Así que sigues sonriendo, porque ¿qué otra cosa puedes hacer?

jueves, 19 de abril de 2018

El fantasma del pasado

Fuimos felices cuando éramos niños, y no teníamos ni idea. A los seis años, me envolvía en una sábana y me convertía en un fantasma, deslizándome por la casa como si tuviera algún poder especial. Mi madre, con su paciencia infinita, me enseñó a hacer un choncha y un sombrero de papel, y para mí, eso era magia pura. Marzo llegaba con la lista de útiles escolares, y eso era otra forma de felicidad, llena de cuadernos nuevos, lápices, y colores que prometían aventuras.

Las noches eran largas, y fingía estar dormido cuando mis padres venían a ver si estaba bien. El peor dolor del mundo era una rodilla raspada por un tropezón, y la mayor dicha era salir a la calle, jugar pichanga con los amigos, y si se unían los adultos, era como tocar el cielo.

Pero entonces, en algún momento, todo cambió. ¿En qué momento de mierda crecimos? De repente, los problemas se apilaron como una montaña, y nos hicimos los fuertes, como si ser fuerte fuera algo a lo que aspirar. Los amigos se convirtieron en sombras que apenas vemos, y la vida se volvió un acto de equilibrio sobre un alambre fino, donde una caída significa más que una simple rodilla raspada.

A veces, estoy harto, agotado de pretender que todo está bien. ¿Recuerdan cuando éramos pequeños? Lo único que queríamos era ser grandes, y ahora me pregunto, ¿en qué demonios estábamos pensando?

Fuimos tan felices siendo niños, y no lo sabíamos. Ahora, todo lo que nos queda son los recuerdos, fantasmas de un pasado que parece tan lejano y a la vez tan cercano. El verdadero truco de magia hubiera sido nunca dejar de ser aquellos niños, pero aquí estamos, envueltos en sábanas que ya no nos hacen invisibles, sino pesadas con el peso de la vida.

miércoles, 11 de abril de 2018

Historias Inacabadas

De niño, me perdía en el dibujo, trazaba líneas y colores como si con eso pudiera atrapar el mundo. Disfrutaba cada trazo, cada figura que emergía del papel. Pero, como en muchas cosas en mi vida, lo dejé atrás. Luego vino el ajedrez. Me volví bueno, realmente bueno. Gané competencias, me entrené como pocos, y jugué en plazas donde pocos podían derrotarme. Plaza Ñuñoa, Plaza de Armas, esos eran mis territorios, donde las piezas bailaban a mi favor. Pero, como siempre, lo dejé atrás también.

Entonces llegó la escritura. Escribir es lo único que aún me enloquece. Nunca intenté contar las historias de otros, siempre busqué las palabras que definieran mi vida, aunque no supiera escribir bien, aunque mis frases fueran un desastre. Eran mis historias, mis pensamientos, y eso me bastaba.

Muchas veces me dijeron que creara, que inventara, que diera vida a historias ficticias. Siempre respondí que no. "Que ellos escriban sus propias hojas", les decía. Yo no puedo escribir lo que no he vivido. Así pasaron los años, y seguí en lo mío, sin terminar ningún libro de los que comencé.

Hace un año, me di el lujo de escribir un libro para mi hija. Es uno de esos placeres que me permito, escribir lo que pienso y siento sobre la vida, aunque nunca termine lo que empiezo. Quizás algún día, alguien leerá esos textos inacabados y encontrará en ellos algo de mí.

Me di cuenta de que no soy capaz de interpretar historias que no viví, mucho menos de escribirlas. Prefiero plasmar mis mentiras, porque al final, son las únicas verdades que tengo.