martes, 12 de noviembre de 2024

Así que aquí estoy, no muerto, no sin sueños

Llego a esta edad y hay cosas que pesan más de lo que solían. Me levanto en la mañana, los huesos crujen como si me quisieran recordar todos los días que han pasado. Cada grieta, cada dolor tiene su historia. Me paro frente al espejo, y ahí está ese rostro que me mira con el mismo escepticismo de siempre, pero con nuevas arrugas, con marcas que dicen que los días se han ido, uno tras otro, sin que nadie pregunte si estoy de acuerdo con todo esto.

A veces me siento como si estuviera hecho de recortes. De los sueños que perseguí y de los que dejé tirados en alguna parte, como botellas vacías en una noche larga. He amado, he tenido en los brazos todo lo que creí que era amor, pero luego me di cuenta de que hay cosas que simplemente no se pueden sostener para siempre. He perdido amigos, los he visto marcharse, desvanecerse en el aire como humo de cigarro. Algunos simplemente tomaron su camino; otros se hundieron en el tiempo, en sus propias derrotas.

He ganado algunas batallas, y he perdido otras tantas. Y, he aprendido a reírme de las cosas que me golpean, porque si no las miras a los ojos y te ríes, terminan por derrumbarte. Pero lo que nunca te dicen es que no importa cuánto aprendas, la vida sigue inventando nuevas formas de ponerte a prueba. Nuevas maneras de hacerte caer. Y ahí estás, sacudiéndote el polvo, levantándote otra vez, pensando que esta vez será diferente. 

El mundo sigue girando más rápido de lo que puedo aguantar, y hay días en que me siento como un extraño entre la gente, como si perteneciera a otra época, a otra vida. Pero lo único que puedo hacer es seguir avanzando, con esta mezcla de cansancio y curiosidad que me empuja cada día. Todavía tengo la capacidad de abrir una cerveza, de mirar por la ventana y ver que el sol sigue saliendo, aunque nada tenga demasiado sentido.

Así que aquí estoy, no muerto, no sin sueños, solo con menos certezas y más cicatrices. Y aunque a veces siento que ya lo he visto todo, sé que siempre hay algo que puede sorprenderme, algo que me hace querer quedarme un día más en este maldito mundo. 

Porque al final, todo lo que sé con certeza es que sigo aquí, jodidamente vivo, todavía buscando algo, aunque a veces ni siquiera sé qué es. Pero ese es el truco, ¿no? Saber que, pase lo que pase, todavía puedo reírme, golpear la mesa, llenar la copa y decir: "Aquí estoy. No me voy a ninguna parte".

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Las Misma Historia, Otro Escenario.

El día estaba gris, como si el clima supiera lo que se avecinaba. Desde la mañana, los rumores habían estado flotando en el aire de la oficina: "Hoy despiden a alguien." No era la primera vez que escuchábamos esas palabras, pero siempre dejaban una sensación amarga. Nadie quería ser parte del juego, y mucho menos el perdedor. Ese día, los que sabían disimulaban mal. Se paseaban alrededor del laboratorio con sus miradas ausentes, intentando no cruzar los ojos con nosotros, los que quedábamos con incertidumbre en el pecho y rabia mal disimulada.

Mi compañera, sin embargo, parecía saberlo desde el primer momento. Era como si hubiera vivido ese ciclo antes, tal vez varias veces. Me lo dijo con calma, casi resignada: "Han hecho esto antes." Había algo en su voz que me hizo estremecer. La indiferencia, las sonrisas apretadas de los jefes, el desinterés que habíamos notado las últimas semanas, no eran casualidades. No te despiden de un día para otro sin dejar pistas, aunque sea por omisión.

Cuando finalmente llegó el momento, fue todo lo que ella había predicho. La noticia fue fría, profesional, con esa frialdad que sólo las palabras cuidadosamente elegidas pueden tener. "Gracias por tus servicios", le dijeron, como si eso importara algo. "Es una reestructuración", continuaron, como si la razón cambiara el impacto. Pero todos sabíamos que esas palabras no llenan el vacío que te queda dentro cuando te despiden, no pagan el dividendo, no alivian la angustia de pensar en el futuro. No hay una indemnización que repare el golpe a la dignidad de saberte reemplazable.

La vi despedirse de algunos compañeros. Su expresión era difícil de leer, pero sus manos temblaban cuando se abrazaba a quienes le dieron un último adiós. Luego caminó hacia la salida, y fue entonces cuando lo entendí: para ella, no había sido sólo perder un trabajo. Era perder el sentido de todo lo que había construido en esos ocho años, ver cómo todo quedaba reducido a un finiquito y una última caminata hacia la salida.

La miré irse, y sentí una extraña mezcla de impotencia y tristeza. Sabía que para ella no era un alivio aunque sus palabras lo dicimulaban, no era una oportunidad de empezar de nuevo. No había libertad en ese despido. Sólo quedaba la soledad que se aferra a uno cuando el mundo sigue girando sin importar que hayas sido arrojada a la calle. Para los ellos, siempre fue sólo un nombre más, una cifra en una hoja de excel que podían borrar sin pestañear. Pero para otros, que habían trabajado a su lado, era diferente. La habían visto dar todo, día tras día, y ahora la veían irse con las manos vacías.

Afuera, la gente seguía con su rutina. Nadie detenía su paso para preguntarle cómo se sentía, nadie se daba cuenta de lo que acababa de perder. Eso es lo peor de todo, pensé. El sistema está diseñado para eso. Para que, cuando ya no sirvas, te escupan sin que nadie mire atrás. Y tú, después de años de esfuerzo, te quedas con las manos llenas de aire y una sensación de injusticia clavada en el pecho.

Yo seguí en mi puesto. Sabía que debería llamarla después, ver cómo estaba, pero ¿qué se supone que le diría? "Lo siento" no cambia nada. Ni para ella ni para mí. Las palabras pierden su peso en momentos como este.

El despido, después de todo, no fue la sorpresa. La verdadera sorpresa fue que habeces creemos que, de alguna manera, esto tiene sentido. Que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, significaba algo. Pero el juego siempre había estado en tu contra. 

Lo que pasó con ella podría pasarme a mí mañana, o a cualquiera de nosotros.

martes, 10 de septiembre de 2024

Podíamos Caer más Bajo

¡Nos ganó Bolivia en Santiago, sí, como lo lees! El colmo de los colmos. El golpe más bajo que podíamos recibir. Porque si pensabas que no se podía caer más bajo, déjame decirte que el fútbol chileno siempre tiene un as bajo la manga para demostrarnos que la desesperanza no tiene fondo.

Bolivia, esa selección que históricamente hemos sido su padre, vino a nuestra casa y nos dio una lección. ¡En nuestra casa! En el mismísimo nacional. ¿Qué hicimos mal? ¡Todo! Desde el primer minuto se notó que estábamos perdidos, como si la roja pesara toneladas, como si hubiéramos olvidado que el Estadio Nacional ganamos nuestra primera copa América, y no un sitio donde otros vienen a llevarse los tres puntos.

Y ahí estaban ellos, los bolivianos, jugando con una soltura que jamás habríamos esperado. Y nosotros... nosotros siendo testigos de nuestro propio desastre. Un gol tras otro, cada minuto que pasaba se sentía como una estocada más al corazón. ¡Bolivia nos ganó en Santiago! ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo lo asimilamos?

¿Y ahora qué? ¿Cuál es el siguiente escalón hacia el abismo? Porque la tristeza no se va, se instala. Nos mira con cara de “te lo dije” y se burla de nuestras esperanzas. Pero claro, en el fútbol siempre hay espacio para el sufrimiento. Y nosotros, fieles hinchas, seguiremos ahí, con la bandera en alto, esperando que, algún día, después de tanto caer, tocaremos fondo y comenzaremos a levantarnos. Porque así somos, porque así es nuestro destino: sufrir. Y hoy, Bolivia se encargó de recordárnoslo.

domingo, 8 de septiembre de 2024

Un Maldito Recordatorio

El domingo es el día que más odio. No hay día más traicionero, más vacío. Es el preludio amargo de una semana que ya te está pesando antes de que empiece. No importa lo que hagas, no importa con quién estés, el domingo siempre tiene ese sabor a desesperanza, a tiempo perdido. Es el día en que la resaca de la vida te golpea con más fuerza, recordándote que todo es temporal, que lo que sea que hayas hecho el sábado no era más que una pequeña rebelión contra el vacío.

Te levantas tarde, tratando de escapar de esa realidad, pero el maldito domingo te sigue como una sombra. El té no sabe igual, el desayuno es insípido, y la televisión vomita la misma porquería de siempre. Afuera, el mundo parece en pausa. Las calles están más silenciosas, los rostros más apagados. Nadie parece querer moverse demasiado, como si todos estuvieran esperando, temiendo, el golpe que viene cuando el lunes finalmente llegue.

El domingo es el día en que sientes el peso de todo lo que no has hecho. Los sueños que dejaste atrás, las promesas que te hiciste y nunca cumpliste, los amores que se fueron sin decir adiós. Todo se sienta a tu lado, como viejos amigos que ya no quieres ver, recordándote que el tiempo sigue corriendo y que no estás ganando la carrera.

Es el día en que te das cuenta de que la rutina te tiene atrapado. Que no importa cuántas cervezas tomes, cuántas películas veas, o cuanto ahags el día anterior, el lunes está ahí, esperándote con los brazos abiertos, listo para llevarte de vuelta al molino, donde giras y giras hasta que no queda nada de ti.

Intentas matar el tiempo, buscas maneras de distraerte, pero el maldito domingo siempre tiene la última palabra. Las horas pasan más lentas, los minutos se alargan, y el silencio de la tarde te recuerda que pronto todo volverá a ser como siempre. Que la pequeña libertad del fin de semana no es más que una ilusión, una mentira que te cuentas para no perder la cabeza.

Y cuando la noche cae, el peso del domingo se hace insoportable. Sabes que te espera otra semana de lo mismo, que nada va a cambiar, que este ciclo de desesperación y falsa esperanza seguirá repitiéndose. Y mientras miras el reloj, contando los minutos que te quedan antes de que el lunes te atrape, solo puedes preguntarte: ¿cuántos domingos más quedan antes de que todo esto termine?

Porque al final, el maldito domingo es solo un recordatorio de que la vida sigue desgastándote, y no hay nada que puedas hacer para detenerlo.

jueves, 5 de septiembre de 2024

Un Trofeo Vacío

Me llaman a la oficina. Saben cómo lo hacen: esa llamada que suena más importante de lo que es. Me siento en la silla, ellos sonríen, y ya sé lo que viene. Empiezan con la palabrería de siempre. "Has demostrado compromiso, has sido esencial para la empresa, eres un ejemplo." Blah, blah, blah. El discurso que le dan a todos los idiotas que aceptan quedarse después de hora, que no se quejan cuando les tiran más trabajo encima, que dicen "sí, señor" y sonríen mientras se ahogan en su propia desesperación.

Me ofrecen un ascenso. Pero, claro, no hay aumento de sueldo. Solo más trabajo, más responsabilidades, más problemas que ni siquiera me importan, pero que ahora son mi carga. Más horas en esta oficina de paredes grises y luces fluorescentes que parecen succionar el poco ánimo que te queda. Y lo peor de todo es que esperan que les dé las gracias. Que me levante y les diga con emoción: "¡Qué honor!"... Pero por dentro sé que solo me cambiaron de jaula. Misma rata, diferente jaula.

Ellos se van a casa en sus autos caros, con sus trajes hechos a medida, mientras yo sigo aquí, con el mismo sueldo, el mismo cansancio, pero ahora con un título más rimbombante que no vale ni para pagar una cerveza. A veces me pregunto si alguna vez pensé que todo esto tenía sentido. Si alguna vez creí que subir peldaños en esta escalera rota me iba a llevar a algún lado. Lo dudo. 

Me paso las noches trabajando más, porque ahora tengo que "probar" que me merezco este ascenso. Como si no hubiera sido suficiente con todos los años que pasé comiendo mierda. Y ellos miran desde arriba, riéndose entre dientes, porque saben que caí en la trampa. Una trampa que han puesto para tipos como yo, tipos que necesitan ese pequeño empujón para sentir que no están desperdiciando su vida. Pero lo estamos. Todos lo estamos.

Al final del día, me queda el mismo salario, las mismas cuentas, el mismo wueon, el mismo  whisky barato, y el mismo cansancio profundo que no se quita ni con todas las noches de sueño que pueda tener. Y entonces pienso: ¿todo esto para qué? ¿Para tipear otro cargo en el curriculum”? Bah. Qué se lo queden. Ellos, sus títulos y sus sonrisas de plástico.

Pero aquí estamos. El gran ascenso. Y yo, más pobre, más cansado, más atrapado. Mismo hombre, diferente título. Solo una manera más sofisticada de perder el tiempo.

jueves, 29 de agosto de 2024

Que Decepción.

La gente, ¿qué decir de la gente? Son como sombras que se deslizan por los pasillos, prometiendo más de lo que pueden cumplir. Se llenan la boca de palabras bonitas, de compromisos que no significan nada, y cuando llega el momento de actuar, se desvanecen como el humo.

Me he cansado de esperar, de creer que esta vez será diferente, que alguien cumplirá con lo que prometió. El trabajo, los acuerdos, las reuniones interminables donde todos fingen ser importantes... Es una farsa, un circo mal montado donde los payasos son los que se creen serios.

Estoy decepcionado, sí, pero más que nada, estoy harto. Harto de las sonrisas falsas, de los apretones de manos que no llevan a ninguna parte. Harto de poner mi confianza en quien nunca tuvo la intención de sostenerla. El trabajo se ha convertido en un juego sucio, donde las reglas cambian cada día y el único que pierde es el que todavía cree en ellas.

Así que aquí estoy, observando desde la distancia cómo todos corren detrás de sus sueños rotos, sus promesas vacías. Y me doy cuenta de que la única manera de sobrevivir a este desastre es no esperar nada de nadie. Porque en el fondo, todos están tan perdidos como yo, pero prefieren no admitirlo.

martes, 9 de julio de 2024

Un Día a la Vez

Me desperté hoy como cualquier otro día: tarde, con el sol filtrándose por la ventana sucia que no limpio desde hace meses. El café estaba frío, la radio escupía canciones que nadie quiere escuchar. Afuera, las mismas caras vacías, corriendo hacia trabajos que odian, viviendo vidas que nunca eligieron. 

Es gracioso, ¿no? Todos tratando de ser alguien, de hacer algo que importe, pero al final del día no somos más que polvo caminando en círculos. Y mientras tanto, las facturas se acumulan, los sueños se desgastan y las promesas se diluyen como el humo de un cigarro a medio consumir.

Pero qué más da. Al diablo con todo. A veces, lo único que queda seguir, encender mi vehículo, y ver cómo el mundo se pudre, un día a la vez.

lunes, 4 de marzo de 2024

Mi Única Verdad

En medio de este mundo desmoronado, lleno de promesas vacías y rostros que se desvanecen, Amanda es la única verdad que conozco. Mi hija, pequeña y pura, me recuerda que hay algo más allá de la oscuridad que todos cargan. Cuando estoy con ella, todo ese ruido que llamamos vida se desvanece. Se convierte en un eco lejano que no tiene poder sobre mi.

Amanda es mi refugio, mi consuelo. La veo reír, y el mundo, con todas sus miserias, deja de existir por un instante. Sus ojos brillan con una luz que no he visto en nadie más, una luz que no ha sido contaminada por la mentira y la decepción. Su risa es un bálsamo para las heridas que llevo arrastrando desde hace años, un recordatorio de que, pese a todo, todavía queda algo por lo que vale la pena seguir adelante.
Cuando la tengo en mis brazos, siento que el universo se reduce a ese momento, a esa pequeña sonrisa que lo ilumina todo. Nada más importa. Los problemas, las decepciones, los fantasmas del pasado... todo desaparece. Es la única realidad que me interesa, el único compromiso que nunca me ha fallado.
Me veo a mí mismo en sus ojos, pero también veo todo lo que nunca seré. Y eso está bien. Porque en Amanda encuentro una esperanza que pensé perdida, una chispa de vida que me recuerda que, en este mar de sombras, todavía hay algo que brilla.
Así que me aferro a ella, la abrazo con fuerza, y mientras el mundo sigue girando y desgastándose, yo me quedo aquí, en este rincón de felicidad pura, disfrutando de mi hija, la única verdad en la que aún puedo creer.

domingo, 25 de febrero de 2024

Todos Estamos Destruidos

Míranos, caminando por las calles, sentados en alguna plaza, atrapados en oficinas sin ventanas. Cada uno de nosotros lleva una herida invisible, una cicatriz que nunca termina de cerrar. Nos levantamos cada día, nos ponemos nuestras máscaras, y salimos a enfrentar al mundo como si todo estuviera bien. Pero, en el fondo, todos estamos destruidos, de una u otra manera, por una u otra razón.

Algunos lo esconden mejor que otros. Se han vuelto expertos en fingir, en reírse de los chistes y hablar del clima mientras su alma se desmorona en silencio. Otros llevan su dolor a flor de piel, como una armadura oxidada que apenas los protege del golpe final. Pero no importa cuánto lo intentes ocultar, la verdad es que todos llevamos un peso que nos aplasta poco a poco, todos tenemos una historia que nos rompió.

Puede haber sido una traición, una pérdida, o simplemente el desgaste de la vida diaria. Puede que te haya golpeado de niño o que te haya alcanzado más tarde, pero nadie escapa ileso. No hay excepciones. Es la naturaleza humana, el precio de existir en un mundo que no tiene tiempo para las almas frágiles. Vivimos, y en el proceso, nos desmoronamos un poco más cada día.

La sociedad quiere que lo ignoremos, que sigamos adelante como si nada. Nos enseña a cubrir las grietas con sonrisas, a olvidar las noches sin sueño y los días llenos de angustia. Pero esas grietas están ahí, y no desaparecen solo porque no hablamos de ellas. Se agrandan con cada decepción, con cada amor perdido, con cada sueño que se desvanece. Hasta que un día, te miras al espejo y apenas reconoces la persona que te devuelve la mirada.

Y aun así, seguimos adelante. Nos levantamos, nos vestimos, y nos enfrentamos al mundo una vez más. Porque eso es lo que hacemos, ¿no? Sobrevivimos, a pesar de todo. A pesar de que estamos rotos, seguimos buscando algo que nos mantenga en pie, algo que nos dé una razón para seguir luchando. Tal vez sea un amor, una pasión, o simplemente la esperanza de que, un día, las cosas mejoren.

Pero la verdad es que todos estamos destruidos. Y eso está bien. Es parte de ser humano, parte de este viaje absurdo que llamamos vida. Lo importante es que, a pesar de todo, seguimos adelante. Nos mantenemos de pie, aunque sea sobre ruinas, y seguimos buscando ese algo que nos haga sentir completos, aunque sea por un instante.