Me desperté hoy como cualquier otro día: tarde, con el sol filtrándose por la ventana sucia que no limpio desde hace meses. El café estaba frío, la radio escupía canciones que nadie quiere escuchar. Afuera, las mismas caras vacías, corriendo hacia trabajos que odian, viviendo vidas que nunca eligieron.
Es gracioso, ¿no? Todos tratando de ser alguien, de hacer algo que importe, pero al final del día no somos más que polvo caminando en círculos. Y mientras tanto, las facturas se acumulan, los sueños se desgastan y las promesas se diluyen como el humo de un cigarro a medio consumir.
Pero qué más da. Al diablo con todo. A veces, lo único que queda seguir, encender mi vehículo, y ver cómo el mundo se pudre, un día a la vez.