Esta mañana, mientras el sol se desperezaba lento y frío, me dirigí hacia Ruby, sabiendo que había llegado el momento de decir adiós. Su cuerpo ya era solo un contorno de lo que solía ser, y sus ojos, esos ojos que siempre me miraron con una fidelidad inquebrantable, se cerraban poco a poco. "Está bien, puedes irte. Estaré bien", fueron sus últimas palabras, y mientras las pronunció, mis ojos se inundaron de lágrimas que no pude detener.
La tristeza me envolvió como una manta húmeda, pesada y opresiva. Sabía que había llegado tarde, que no había estado allí como debería. Me arrodillé a su lado, pidiéndole perdón por todas las veces que lo dejé en el olvido, por cada momento en que mi vida se llevó todo mi tiempo, y él quedó relegado a un rincón del pasado. Ruby había sido mi sombra leal en esos días solitarios, cuando mis amigos se ausentaban y mi familia parecía distante. En un mundo que se había vuelto frío y distante, él había sido mi calor constante, mi vínculo con un pasado lleno de lealtad y compañía.
Ahora, mientras su respiración se hacía más ligera, más espaciada, me despido con una mezcla de dolor y remordimiento. Espero que, en su nuevo lugar, Ruby encuentre lo que yo no supe ofrecerle, un hogar lleno de cariño y atención. Espero que en el rincón del cielo donde se encuentre, rodeado de otros compañeros fieles, sienta el amor que mi vida, en su caos, no pudo darle.
Ruby, este adiós está cargado de arrepentimiento, una carga que llevo conmigo mientras cierro este capítulo. Te dejo ir con la esperanza de que comprendas mis errores y que, desde donde estés, puedas perdonarme. Quizás, algún día, pueda encontrar consuelo en el hecho de que hicimos lo mejor que pudimos, y que al final, tu lealtad y tu amor no fueron en vano.
Hasta siempre, viejo amigo.

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