jueves, 15 de junio de 2017

Cansancio en dos actos

Por más raro que parezca, hay cansancios que se disuelven como niebla con el simple acto de caminar al ritmo de tus canciones favoritas, esos acordes que parecen tener la fórmula secreta para calmar las tormentas internas. A veces, levantarte un poco más tarde, sin esa presión implacable del reloj, es suficiente para aliviar la carga que llevas. Hablar con viejos amigos, esos que conocen tus historias más sucias y aún así te quieren, puede ser como un bálsamo para el alma. Y entonces están esos abrazos de familia, esos momentos de conexión que te recuerdan que no estás solo, que en medio de todo este caos, hay un rincón cálido y familiar al que siempre puedes regresar.

Desayunar con tus compañeros, compartir esas charlas triviales que parecen no tener sentido pero que de alguna manera te mantienen anclado a la realidad, visitar a tu abuela, esa figura que representa el pasado con su sabiduría y amor incondicional. Perdonar a quienes te han hecho daño, una tarea que parece imposible pero que, en el fondo, te libera más a ti mismo que a ellos. Y luego, tratar de ayudar, ofrecer una mano amiga en medio del caos, como una forma de devolver algo del consuelo que has recibido.

Pero, a veces, hay cansancios que no se disipan con todos estos actos. Esos cansancios son más profundos, más arraigados. Solo se desvanecen cuando ves que las personas que te rodean, tus seres queridos, están bien. Cuando ves que ellos, que son el núcleo de tu mundo, están en paz, felices, funcionando en su propia armonía, entonces sientes que tu propio peso se aligera. Es en la satisfacción de ver a los demás en un buen lugar, cuando tu propio cansancio empieza a desvanecerse. 

Porque, en el fondo, ese cansancio no es solo tuyo. Es un eco de las preocupaciones que tienes por los demás, por su bienestar, por su felicidad. Y cuando esos ecos encuentran calma, tú también encuentras un respiro. Es en el balance de sus vidas que hallas un equilibrio para la tuya. Así que sigue caminando, sigue escuchando la música, sigue abrazando, perdonando, ayudando. Y sobre todo, cuida a los tuyos, porque su bienestar es el faro que ilumina tu propio camino hacia la paz.

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