viernes, 1 de diciembre de 2017

Amar en el desierto de mi propio ser

Me quedé con quien abraza mi frialdad, la que no se conmueve ante las tragedias de los demás, el cansancio que se ha convertido en mi sombra y la incapacidad de ceder un centímetro, mi mala memoria que arrastra olvidos como cicatrices y esos arranques de ira que parecen surgir de la nada, de un rincón de mi alma donde se fruncen las cejas en perpetuo desdén. Estoy rodeado de aquellos que comprenden mi esencia, una mezcla de un alma vieja y una inmadurez perpetua, como si el tiempo se hubiera detenido en un lugar donde todo se vuelve gris.

Es curioso cómo el desgaste de un largo día de trabajo se transforma en alivio cuando encuentro mi refugio en la escritura. Aquí estoy, con el viento arrastrando las palabras, el espacio vacío como un lienzo en blanco, la soledad que es mi compañía más fiel, y la música que me murmura secretos en la penumbra. Mi familia, siempre ahí, el último bastión en un mundo que no siempre entiende mi forma de ser.

En este rincón, donde la frialdad se encuentra con el calor de una tarde cualquiera, descubro que hay algo de belleza en este caos. Aquí, entre mi cansancio y mis defectos, en medio de mi naturaleza poco adaptable, encuentro un rincón de paz. Es como si, a pesar de todo, mi propia piel hubiera sido moldeada para ser entendida y aceptada por alguien que no se asusta ante las imperfecciones, que ve en mis arranques y olvidos no un motivo de rechazo, sino una razón para quedarse.

Al final del día, lo único que necesito es este pequeño espacio, este silencio entre palabras, este soplo de viento y las huellas de quienes permanecen a mi lado, entendiendo que, aunque soy un ser complicado y a menudo imposible, hay algo en mi caos que también tiene un propósito. En la calma de la noche, mientras escribo, la sensación de estar comprendido es la única verdad que tengo, y eso, de alguna manera, me hace sentir bien.

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