En medio de este mundo desmoronado, lleno de promesas vacías y rostros que se desvanecen, Amanda es la única verdad que conozco. Mi hija, pequeña y pura, me recuerda que hay algo más allá de la oscuridad que todos cargan. Cuando estoy con ella, todo ese ruido que llamamos vida se desvanece. Se convierte en un eco lejano que no tiene poder sobre mi.
Amanda es mi refugio, mi consuelo. La veo reír, y el mundo, con todas sus miserias, deja de existir por un instante. Sus ojos brillan con una luz que no he visto en nadie más, una luz que no ha sido contaminada por la mentira y la decepción. Su risa es un bálsamo para las heridas que llevo arrastrando desde hace años, un recordatorio de que, pese a todo, todavía queda algo por lo que vale la pena seguir adelante.
Cuando la tengo en mis brazos, siento que el universo se reduce a ese momento, a esa pequeña sonrisa que lo ilumina todo. Nada más importa. Los problemas, las decepciones, los fantasmas del pasado... todo desaparece. Es la única realidad que me interesa, el único compromiso que nunca me ha fallado.
Me veo a mí mismo en sus ojos, pero también veo todo lo que nunca seré. Y eso está bien. Porque en Amanda encuentro una esperanza que pensé perdida, una chispa de vida que me recuerda que, en este mar de sombras, todavía hay algo que brilla.
Así que me aferro a ella, la abrazo con fuerza, y mientras el mundo sigue girando y desgastándose, yo me quedo aquí, en este rincón de felicidad pura, disfrutando de mi hija, la única verdad en la que aún puedo creer.
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