El verdadero infierno no es cuando algo termina con un portazo, con gritos o lágrimas, eso es fácil. El dolor tiene un inicio y, aunque parezca interminable, eventualmente llega a su final, es como una tormenta que arrasa con todo, pero luego se va, dejando los escombros y permitiéndote recoger los pedazos de tu vida. Pero, ¿qué haces cuando alguien no se va de esa manera? ¿Qué haces cuando no hay gritos ni lágrimas, solo un vacío creciente, un alejamiento tan sutil que apenas lo notas hasta que ya es demasiado tarde?
Ese es el verdadero problema, la lenta evaporación de alguien que una vez fue parte de tu vida. Es como ver una vela consumirse poco a poco, hasta que solo queda la cera derretida y un hilo de humo que se disipa en el aire. Te quedas ahí, mirando el espacio que antes ocupaba, preguntándote si de verdad se han ido o si aún están escondidos en algún rincón oscuro de tu mente. ¿Debes olvidar o seguir aferrándote a esos recuerdos que se desvanecen? ¿Y si vuelven? ¿Y si esta historia, tan dolorosa y maldita, se repite una vez más, dejándote en el mismo lugar, atrapado entre lo que fue y lo que nunca será?
Es una trampa cruel, esa incertidumbre que te carcome desde dentro, no hay un punto final, solo una interminable serie de puntos suspensivos que te mantienen atrapado en un limbo emocional. Es un juego de espera, donde no sabes si deberías dar por terminada la historia o mantener viva la esperanza, aunque te duela más con cada día que pasa, esa duda es un veneno lento, una tortura silenciosa que te roba la paz.
Entonces, ahí estás, atrapado en un ciclo sin fin, esperando que algo cambie, que el vacío se llene o que el dolor se desvanezca, pero nada de eso sucede, estás en una prisión sin muros, donde el tiempo se estira y el dolor se recicla una y otra vez, y ese es el verdadero infierno, porque el final, aunque duele como un golpe seco, es también una liberación. Es una herida que sangra, pero que eventualmente sana, dejando una cicatriz que te recuerda que sobreviviste. Te obliga a avanzar, a recoger los trozos de tu corazón roto y a reconstruirlo, pieza por pieza.
Por eso, lo mejor que puedes hacer es ponerle fin a esa agonía, aunque te cueste todo lo que tienes, terminar el proceso, aunque duela, aunque cada fibra de tu ser quiera seguir colgada de esa esperanza muerta, porque al final, lo único que te queda es tu propia felicidad, y aunque tengas que atravesar el fuego del dolor para llegar a ella, vale la pena. Porque nada es peor que estar atrapado en un bucle sin salida, condenado a preguntarte eternamente si debiste olvidar o extrañar. Nadie merece ese tipo de condena. Así que ciérralo, sé el arquitecto de tu propio final, y deja que el dolor te purifique, para que puedas empezar de nuevo. Porque al final, todo lo que hice, todo lo que debes hacer, es por ser feliz. Y eso, aunque duela, es lo único que realmente importa.
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