Hay algo en las noches de tormenta que me llama, algo oscuro y primitivo que me arrastra. Mientras otros se acurrucan bajo sus mantas, temiendo los rugidos del cielo, yo me desvelo, esperando. Siempre es la misma rutina, una danza con la naturaleza que nunca pierde su misterio. Me quedo en la penumbra, inmóvil, hasta que escucho el primer trueno retumbar a lo lejos,es mi señal. Me levanto y camino por la oscuridad de la casa, guiado solo por la promesa de la tormenta que se avecina.
Llego a la ventana y me recuesto en el marco, como un viejo amigo que ha llegado al fin del día. Desde allí, observo el cielo desatarse, los relámpagos rasgando la oscuridad como cuchillas de luz, revelando un mundo efímero que solo existe en esos breves destellos. Cada uno de esos relámpagos me deslumbra, como si el universo me estuviera mostrando su furia, su belleza cruda y sin filtrar. Los gruñidos del cielo me llegan después, resonando en mis huesos, recordándome lo pequeño que soy ante la inmensidad de todo esto.
Las gotas frías comienzan a golpear la ventana, una tras otra, cada una con su propio ritmo, su propio propósito. Me quedo allí, dejando que esa sinfonía de agua y viento me envuelva, y aspiro profundamente el aire cargado de ese inconfundible aroma a tierra mojada. Es un olor que me lleva a otro tiempo, a otra vida, a un lugar donde todo era más simple y más real.
Pasan las horas, pero no me importa. No hay prisas, no hay relojes. Solo yo y la tormenta, compartiendo la noche. Es un momento en el que todo lo demás desaparece, donde los problemas y las preocupaciones quedan fuera, más allá del vidrio empañado de la ventana. Solo existimos la tormenta y yo, dos viejos compañeros que entienden el silencio mejor que cualquier palabra.
Y entonces, poco a poco, la tormenta empieza a desvanecerse. Los truenos se alejan, los relámpagos se apagan, y el cielo comienza a clarear. Es el amanecer que llega, suave y sin pretensiones, como una disculpa por la furia que precedió. La calma después de la tormenta es dulce, pero también trae consigo un adiós. Sé que es tiempo de dormir, de cerrar los ojos y dejar que el cansancio me arrastre. Pero antes de hacerlo, me permito un último vistazo al cielo que se despeja, un último respiro del aire fresco y húmedo.
Me dirijo de nuevo a la cama, sintiendo que algo dentro de mí también ha sido despejado, como si la tormenta hubiera lavado algo más que la tierra. Me acuesto y cierro los ojos, satisfecho, sabiendo que he compartido otra noche con la tormenta. Y mientras el mundo despierta, yo me dejo caer en el sueño, sabiendo que cuando despierte, todo habrá cambiado, y que la tormenta habrá dejado su marca en mi alma una vez más.
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