He tratado mal a mi madre, a mis tíos, a mi abuela, a mis hermanos y a mis amigos. He lanzado palabras crueles, he fallado, he lastimado. Incluso he maltratado al cachorro que tuve, el Ruby, el ser más fiel que conocí.
De la misma boca que ahora besa a mi hija, han salido injurias. Lo digo con vergüenza y tristeza, porque es mi verdad. Los errores cometidos son cicatrices que nunca desaparecerán. No pretendo exponer mi vida personal en vano, pero me doy cuenta de que muchas veces escribo sobre lo bueno y escondo las verdades duras que me atormentan.
Es sencillo proyectar una imagen perfecta en Facebook, pero mi vida real está llena de problemas y pesadillas, igual que la de cualquiera. Lo poco que he aprendido ha sido forjado en las caídas y en las luchas con mis propios demonios.
He cometido demasiados errores, he llorado y he hecho llorar. Los logros y metas que alcance se desvanecen ante la magnitud de mis fallos. Solo puedo dar gracias a mi familia y a aquellos que han estado a mi lado, y agradecer cada día que tengo para intentar redimirme.
Espero, al menos ahora, poder ofrecer paz y tranquilidad a quienes me quieren, y ser un refugio en el lugar que durante tanto tiempo solo albergó conflicto. Las huellas de lo irreparable me acompañarán siempre, pero mi deseo es construir algo de calma en el terreno de mi propio caos.
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