Hace tiempo que no escribía, y mi corazón lo siente. Está desgarrado, cansado de ser testigo mudo de todo lo que ha visto, un corazón que se sacude con ansiedad cada vez que intento poner mis pensamientos en palabras. Las ideas vienen a mí como piedras lanzadas, cargadas de sentimientos raros y contradictorios.
Quiero escribir sobre todo lo que sucede en las calles y en mí mismo, porque todo está conectado. Estoy viviendo una revolución desde lo más profundo de mis entrañas, una lucha personal que se transforma en una lucha colectiva. No es frustración, ni depresión, ni tristeza; no es simplemente aceptar que la vida es dura. No, señor. Lo que algunos llaman circunstancias, yo, junto a un 94%, lo llamamos desigualdad, injusticia, inequidad. Son las cosas que nos hacen sentir insuficientes, perdidos, deshumanizados por las calles de Santiago. Una ciudad que ya no miro desde la distancia, una ciudad que nunca más estará oculta tras el anticuado siutiquerío.
Ahora, Santiago, como otras ciudades, grita verdades. Y yo grito con ella cuando intento escribir. En estos 120 días de protesta y lucha, llevo en mi cabeza los rostros de los muertos, los torturados, los violados, los violentados. Cada uno de ellos es un eco en el caos de mi mente, en la rabia de mi corazón. La realidad no se puede ocultar, y mientras el mundo gira, yo intento gritar, desde el alma, lo que se ha callado demasiado tiempo.
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