Lo único que me arrastra fuera de la cama a las siete de la mañana es mi hija. He perdido la cuenta de los días que llevo encerrado, y menos sé cuántos días más me esperan. Si me pongo a pensar en cuándo terminará todo esto, en los contagios nuevos que se suman a diario, y en las noticias amarillas que no cesan, la angustia y la ansiedad se multiplican.
Cada nuevo día laboral se convierte en un acto de resistencia. Vivo intensamente, trato de dar lo mejor de mí, aprendiendo de la vida, de mis colegas, amigos y familiares, muchos de los cuales están cesantes. Qué palabra más desoladora, cesante. Luego, al regresar a casa, en la noche me encuentro con mis pensamientos... reflexionando sobre todas las veces que salí de la oficina, arriesgándome para llevar el pan a casa.
Son las 2 de la mañana, y la necesidad de dormir me atormenta mientras pienso en cómo distraer a mi hija este fin de semana. En esta noche interminable, donde la reflexión se convierte en una compañera constante, me doy cuenta de lo poco que hay para hacer y cómo la noche se alarga sin fin. Afortunadamente, mi familia nunca me abandona, y de alguna manera, logramos salir adelante. Pero es muy tarde y debo dormir. Espero que llueva, al menos la lluvia trae consigo recuerdos que me permiten dormir unas horas en paz. Buenas noches.
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