La gente, ¿qué decir de la gente? Son como sombras que se deslizan por los pasillos, prometiendo más de lo que pueden cumplir. Se llenan la boca de palabras bonitas, de compromisos que no significan nada, y cuando llega el momento de actuar, se desvanecen como el humo.
Me he cansado de esperar, de creer que esta vez será diferente, que alguien cumplirá con lo que prometió. El trabajo, los acuerdos, las reuniones interminables donde todos fingen ser importantes... Es una farsa, un circo mal montado donde los payasos son los que se creen serios.
Estoy decepcionado, sí, pero más que nada, estoy harto. Harto de las sonrisas falsas, de los apretones de manos que no llevan a ninguna parte. Harto de poner mi confianza en quien nunca tuvo la intención de sostenerla. El trabajo se ha convertido en un juego sucio, donde las reglas cambian cada día y el único que pierde es el que todavía cree en ellas.
Así que aquí estoy, observando desde la distancia cómo todos corren detrás de sus sueños rotos, sus promesas vacías. Y me doy cuenta de que la única manera de sobrevivir a este desastre es no esperar nada de nadie. Porque en el fondo, todos están tan perdidos como yo, pero prefieren no admitirlo.
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