jueves, 5 de septiembre de 2024

Un Trofeo Vacío

Me llaman a la oficina. Saben cómo lo hacen: esa llamada que suena más importante de lo que es. Me siento en la silla, ellos sonríen, y ya sé lo que viene. Empiezan con la palabrería de siempre. "Has demostrado compromiso, has sido esencial para la empresa, eres un ejemplo." Blah, blah, blah. El discurso que le dan a todos los idiotas que aceptan quedarse después de hora, que no se quejan cuando les tiran más trabajo encima, que dicen "sí, señor" y sonríen mientras se ahogan en su propia desesperación.

Me ofrecen un ascenso. Pero, claro, no hay aumento de sueldo. Solo más trabajo, más responsabilidades, más problemas que ni siquiera me importan, pero que ahora son mi carga. Más horas en esta oficina de paredes grises y luces fluorescentes que parecen succionar el poco ánimo que te queda. Y lo peor de todo es que esperan que les dé las gracias. Que me levante y les diga con emoción: "¡Qué honor!"... Pero por dentro sé que solo me cambiaron de jaula. Misma rata, diferente jaula.

Ellos se van a casa en sus autos caros, con sus trajes hechos a medida, mientras yo sigo aquí, con el mismo sueldo, el mismo cansancio, pero ahora con un título más rimbombante que no vale ni para pagar una cerveza. A veces me pregunto si alguna vez pensé que todo esto tenía sentido. Si alguna vez creí que subir peldaños en esta escalera rota me iba a llevar a algún lado. Lo dudo. 

Me paso las noches trabajando más, porque ahora tengo que "probar" que me merezco este ascenso. Como si no hubiera sido suficiente con todos los años que pasé comiendo mierda. Y ellos miran desde arriba, riéndose entre dientes, porque saben que caí en la trampa. Una trampa que han puesto para tipos como yo, tipos que necesitan ese pequeño empujón para sentir que no están desperdiciando su vida. Pero lo estamos. Todos lo estamos.

Al final del día, me queda el mismo salario, las mismas cuentas, el mismo wueon, el mismo  whisky barato, y el mismo cansancio profundo que no se quita ni con todas las noches de sueño que pueda tener. Y entonces pienso: ¿todo esto para qué? ¿Para tipear otro cargo en el curriculum”? Bah. Qué se lo queden. Ellos, sus títulos y sus sonrisas de plástico.

Pero aquí estamos. El gran ascenso. Y yo, más pobre, más cansado, más atrapado. Mismo hombre, diferente título. Solo una manera más sofisticada de perder el tiempo.

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