jueves, 19 de abril de 2018

El fantasma del pasado

Fuimos felices cuando éramos niños, y no teníamos ni idea. A los seis años, me envolvía en una sábana y me convertía en un fantasma, deslizándome por la casa como si tuviera algún poder especial. Mi madre, con su paciencia infinita, me enseñó a hacer un choncha y un sombrero de papel, y para mí, eso era magia pura. Marzo llegaba con la lista de útiles escolares, y eso era otra forma de felicidad, llena de cuadernos nuevos, lápices, y colores que prometían aventuras.

Las noches eran largas, y fingía estar dormido cuando mis padres venían a ver si estaba bien. El peor dolor del mundo era una rodilla raspada por un tropezón, y la mayor dicha era salir a la calle, jugar pichanga con los amigos, y si se unían los adultos, era como tocar el cielo.

Pero entonces, en algún momento, todo cambió. ¿En qué momento de mierda crecimos? De repente, los problemas se apilaron como una montaña, y nos hicimos los fuertes, como si ser fuerte fuera algo a lo que aspirar. Los amigos se convirtieron en sombras que apenas vemos, y la vida se volvió un acto de equilibrio sobre un alambre fino, donde una caída significa más que una simple rodilla raspada.

A veces, estoy harto, agotado de pretender que todo está bien. ¿Recuerdan cuando éramos pequeños? Lo único que queríamos era ser grandes, y ahora me pregunto, ¿en qué demonios estábamos pensando?

Fuimos tan felices siendo niños, y no lo sabíamos. Ahora, todo lo que nos queda son los recuerdos, fantasmas de un pasado que parece tan lejano y a la vez tan cercano. El verdadero truco de magia hubiera sido nunca dejar de ser aquellos niños, pero aquí estamos, envueltos en sábanas que ya no nos hacen invisibles, sino pesadas con el peso de la vida.

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