De niño, me perdía en el dibujo, trazaba líneas y colores como si con eso pudiera atrapar el mundo. Disfrutaba cada trazo, cada figura que emergía del papel. Pero, como en muchas cosas en mi vida, lo dejé atrás. Luego vino el ajedrez. Me volví bueno, realmente bueno. Gané competencias, me entrené como pocos, y jugué en plazas donde pocos podían derrotarme. Plaza Ñuñoa, Plaza de Armas, esos eran mis territorios, donde las piezas bailaban a mi favor. Pero, como siempre, lo dejé atrás también.
Entonces llegó la escritura. Escribir es lo único que aún me enloquece. Nunca intenté contar las historias de otros, siempre busqué las palabras que definieran mi vida, aunque no supiera escribir bien, aunque mis frases fueran un desastre. Eran mis historias, mis pensamientos, y eso me bastaba.
Muchas veces me dijeron que creara, que inventara, que diera vida a historias ficticias. Siempre respondí que no. "Que ellos escriban sus propias hojas", les decía. Yo no puedo escribir lo que no he vivido. Así pasaron los años, y seguí en lo mío, sin terminar ningún libro de los que comencé.
Hace un año, me di el lujo de escribir un libro para mi hija. Es uno de esos placeres que me permito, escribir lo que pienso y siento sobre la vida, aunque nunca termine lo que empiezo. Quizás algún día, alguien leerá esos textos inacabados y encontrará en ellos algo de mí.
Me di cuenta de que no soy capaz de interpretar historias que no viví, mucho menos de escribirlas. Prefiero plasmar mis mentiras, porque al final, son las únicas verdades que tengo.
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