miércoles, 11 de septiembre de 2024

Las Misma Historia, Otro Escenario.

El día estaba gris, como si el clima supiera lo que se avecinaba. Desde la mañana, los rumores habían estado flotando en el aire de la oficina: "Hoy despiden a alguien." No era la primera vez que escuchábamos esas palabras, pero siempre dejaban una sensación amarga. Nadie quería ser parte del juego, y mucho menos el perdedor. Ese día, los que sabían disimulaban mal. Se paseaban alrededor del laboratorio con sus miradas ausentes, intentando no cruzar los ojos con nosotros, los que quedábamos con incertidumbre en el pecho y rabia mal disimulada.

Mi compañera, sin embargo, parecía saberlo desde el primer momento. Era como si hubiera vivido ese ciclo antes, tal vez varias veces. Me lo dijo con calma, casi resignada: "Han hecho esto antes." Había algo en su voz que me hizo estremecer. La indiferencia, las sonrisas apretadas de los jefes, el desinterés que habíamos notado las últimas semanas, no eran casualidades. No te despiden de un día para otro sin dejar pistas, aunque sea por omisión.

Cuando finalmente llegó el momento, fue todo lo que ella había predicho. La noticia fue fría, profesional, con esa frialdad que sólo las palabras cuidadosamente elegidas pueden tener. "Gracias por tus servicios", le dijeron, como si eso importara algo. "Es una reestructuración", continuaron, como si la razón cambiara el impacto. Pero todos sabíamos que esas palabras no llenan el vacío que te queda dentro cuando te despiden, no pagan el dividendo, no alivian la angustia de pensar en el futuro. No hay una indemnización que repare el golpe a la dignidad de saberte reemplazable.

La vi despedirse de algunos compañeros. Su expresión era difícil de leer, pero sus manos temblaban cuando se abrazaba a quienes le dieron un último adiós. Luego caminó hacia la salida, y fue entonces cuando lo entendí: para ella, no había sido sólo perder un trabajo. Era perder el sentido de todo lo que había construido en esos ocho años, ver cómo todo quedaba reducido a un finiquito y una última caminata hacia la salida.

La miré irse, y sentí una extraña mezcla de impotencia y tristeza. Sabía que para ella no era un alivio aunque sus palabras lo dicimulaban, no era una oportunidad de empezar de nuevo. No había libertad en ese despido. Sólo quedaba la soledad que se aferra a uno cuando el mundo sigue girando sin importar que hayas sido arrojada a la calle. Para los ellos, siempre fue sólo un nombre más, una cifra en una hoja de excel que podían borrar sin pestañear. Pero para otros, que habían trabajado a su lado, era diferente. La habían visto dar todo, día tras día, y ahora la veían irse con las manos vacías.

Afuera, la gente seguía con su rutina. Nadie detenía su paso para preguntarle cómo se sentía, nadie se daba cuenta de lo que acababa de perder. Eso es lo peor de todo, pensé. El sistema está diseñado para eso. Para que, cuando ya no sirvas, te escupan sin que nadie mire atrás. Y tú, después de años de esfuerzo, te quedas con las manos llenas de aire y una sensación de injusticia clavada en el pecho.

Yo seguí en mi puesto. Sabía que debería llamarla después, ver cómo estaba, pero ¿qué se supone que le diría? "Lo siento" no cambia nada. Ni para ella ni para mí. Las palabras pierden su peso en momentos como este.

El despido, después de todo, no fue la sorpresa. La verdadera sorpresa fue que habeces creemos que, de alguna manera, esto tiene sentido. Que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, significaba algo. Pero el juego siempre había estado en tu contra. 

Lo que pasó con ella podría pasarme a mí mañana, o a cualquiera de nosotros.

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