Nunca les conté esto, pero hace un tiempo me ofrecieron un cargo político. Me lo pintaron como un billete dorado, una promesa de gloria para alguien común y corriente, alguien como yo, que siempre está buscando hacer algo. Me llamaron en medio de una jornada de trabajo, detallándome los proyectos que podrían abrirse ante mí. Yo, en esos días, estaba metido hasta el cuello en el Centro Cultural, y querían aprovechar esa vitrina. “Queremos invitar a tus actos culturales, escoger quién quieres que esté en las fotos, masificaremos tu imagen, tú eliges el político de nuestro partido con quien quieres aparecer y nosotros nos encargamos del resto.” Me prometieron un libro lleno de bases políticas para seguir, para mantenerme en línea con su guion, evitando cualquier desliz que pudiera desentonar.
En ese instante, sentí una punzada de desilusión. Les respondí con una claridad helada: “No me interesan los cargos políticos, no me interesa que fabriquen mi historia con mentiras. Mi historia ya está construida, sólida, y la he forjado a lo largo de años haciendo cosas por mi gente. No me interesa estar en fotos forzadas con políticos que, aunque tienen el poder de ayudar, nunca lo hacen. No me interesa que nadie hable bien de mí. Mi trabajo, lo he hecho durante casi toda mi adultez. Cuando he tenido la oportunidad de contribuir a mi comunidad, lo he hecho. No me interesa convertirme en un plástico después de ser sangre, tripas y hueso.”
Me da lo mismo cómo funcionan las cosas en el mundo de la política, donde las relaciones públicas parecen pesar más que las acciones reales. Puede que en su universo, eso sea la norma, pero en el mío no lo es. Duermo tranquilo con mi conciencia. Así que corté la llamada. Nunca más me buscaron, y me alejé del Centro Cultural, que fue cayendo bajo su influencia. Aún apoyo a algunos que conozco como personas, pero el mundo político sigue siendo un abismo en el que nunca entraré. Me decepciona día a día.
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