Nunca he alejado a nadie de mi vida. Cada persona que llegó a mi puerta fue recibida con los brazos abiertos, sin reservas, como si el lugar estuviera hecho para compartir. “Donde come uno, comen todos,” solía decir. Después de un asado o una cerveza, muchos se fueron, y ahora que yo necesito un poco de lo que nunca pedí, parece que cruzan la calle. Ven mis defectos y no se atreven a tocar la puerta que antes golpearon sin dudar. Mi error, supongo, ha sido mantener la puerta abierta sin esperar que se cierre.
Ahora, en este tramo de la vida, llevo en mi corazón a quienes han estado en las malas, a los que no solo vienen cuando soy un recurso, sino a los que se quedan cuando todo se vuelve gris. El tiempo hace su trabajo, depura las compañías y agradezco a los que nunca se fueron, a los que ven más allá del trabajador o el compañero, a los que ven al hombre.
Siempre he querido ser alguien que sirve, alguien desprendido, pero parece que ese mismo deseo ha sido mi perdición. Ser servicial puede ser un error cuando los demás sólo lo ven como una debilidad. Agradezco a los que se quedaron en las vacas flacas, en las tormentas, a los que no sólo se acercaron en los momentos buenos o cuando mi presencia les beneficiaba.
Sigo caminando hacia un destino incierto, esforzándome cada día para mantener a mi familia bien, mientras algunos no ven más allá de la coraza que a veces me pongo. No guardo odios ni rencores, aunque las críticas y las faltas de comprensión me afectan. Me esfuerzo por escuchar boleros y valses peruanos, con más o con menos, sigo siendo el mismo.
Estoy en la parada de darme fuerzas a mí mismo, en el proceso de salir adelante y aprender de los errores cometidos. Y a pesar de todo, a pesar de los errores y las falencias, quiero que quede claro: no soy una buena persona. Solo soy yo, y eso debe bastar. Buenas noches.
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